Afuera, la lluvia repiqueteaba contra los escalones de piedra. No había un alma a la redonda; la casita azul parecía un mundo aparte, aislado de todo lo demás.
Pero la escena en el interior era muy distinta.
En el instante en que los labios de Jairo se encontraron con los suyos, Isabella abandonó toda duda, toda angustia, todo miedo. Se entregó por completo a ese beso, aceptando su posesiva demanda.
En la habitación había una cama pequeña que crujió cuando él la depositó sobre ella, como si fuera a desarmarse en cualquier momento. Entonces, Jairo se arrodilló en el suelo, soportando la mayor parte del peso de ella contra su cuerpo, apenas recargándola en la cama. Pero el crujido solo se hizo más fuerte.
Ya nada más importaba. Él la poseyó, y ella se dejó poseer. Él la besó, y ella se le entregó por completo.
La lluvia era un caos, la ropa era un caos, todo era un caos.
Mucho tiempo después, cuando él, pegado a su oído, dejó escapar un último suspiro, la calma regresó.
—Me siento como un miserable por alegrarme de que no fueras tú la que tuvo el accidente —dijo él.
A Isabella se le hizo un nudo en la garganta.
—Si hubiera sido yo...
—¡No digas «si hubiera»!
—Pensé que eras tú el que quería huir.
—Yo... jamás he pensado en eso.
—Lo siento.
—Acepto tus disculpas. Pero que no se repita.
Se abrazaron con fuerza, escuchando el sonido de la lluvia.
En ese momento, decidieron dejar atrás el pasado y enfrentar juntos la tormenta que se avecinaba.
***
La lluvia no paró. Habían planeado pasar la noche allí, pero de madrugada, el hospital llamó. Marcela estaba alterada y exigía verlo. Jairo tenía que volver.
—Yo... iré contigo —dijo Isabella, intranquila.
Jairo la besó.
Mientras hablaba, Rafael miraba a través del cristal hacia el interior de la habitación, con una profunda preocupación en los ojos.
Aunque la prueba de ADN había demostrado que no era el padre de la hija de Aurora, tal vez, una vez pasada la rabia, aún recordaba el cariño que le tuvo. Por eso había venido al hospital, dispuesto a ayudar en todo lo posible.
El médico explicó la situación de Matilde y se retiró. Rafael se quedó mirando a la paciente, suspirando sin cesar.
Ivana, de pie detrás de él, esbozó lentamente una sonrisa de satisfacción.
—Todas y cada una de las cosas que Aurora hizo en el pasado fueron una ofensa para nosotros. El hecho de que no le guardemos rencor y vengamos al hospital a ver a su hija ya es ser más que generosos.
Isabella entrecerró los ojos. Hacía treinta años, Ivana había calumniado a su madre, provocando su separación de Rafael. Hacía veinte, la había echado de la mansión Méndez a espaldas de él. Y ahora, primero había difamado e insultado a su madre y luego había manipulado a Marcela, aprovechándose de su estado mental para que atropellara a alguien, causando esta tragedia.
¡La culpable de todo era ella!
Isabella respiró hondo, sacó su celular, entró a la cuenta de Aurora y, sin decir una palabra, publicó una grabación de audio.
La grabación provenía del celular de David. Y la voz era la de Ivana.
[¡Tienes que jurar que fue Aurora quien te sedujo, que se metió en tu cama solo para sacarte dinero!]

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...