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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 436

Su respiración era pesada y su cuerpo estaba tenso, como el de una pantera furiosa. Isabella le dio unas palmaditas en la espalda para calmarlo, pero él la besó con una urgencia arrolladora.

Era un beso caótico y desesperado, un reflejo de su estado de ánimo.

Una oleada de dolor punzante volvió a invadir a Isabella, y ella también lo abrazó con fuerza. Pero, por más que se aferraba a él, no podía evitar sentir que se le escapaba de las manos.

Un rato después, salieron de las escaleras y se encontraron de frente con Marcela.

Estaba de pie, con la bata de hospital y el pelo suelto, y su mirada hacia Isabella era de una locura total.

—¡Fuiste tú!

Marcela había escuchado toda la conversación con Adriana.

Al darse cuenta, Isabella sintió que una abrumadora sensación de impotencia la invadía.

—¡Tú mataste a mi hija!

Marcela se abalanzó sobre ella y la empujó con una fuerza demencial.

Jairo, incapaz de detener a Marcela, rodeó a Isabella con sus brazos, protegiéndola de los golpes y los insultos.

—¡Asesina! ¡Mataste a mi hija! ¡Te voy a matar!

Isabella cerró los ojos. No sabía cómo enfrentar esta situación, cómo enfrentar a la familia Crespo.

Pero...

—¡Yo no tuve la culpa!

Finalmente, lo gritó. Aquel día, a ella la habían echado de la casa. La pinza para el pelo no se le había caído a propósito. No había hecho nada malo. ¡No tenía por qué cargar con la responsabilidad de la muerte de Lilia!

—¡Jairo! ¿Oíste lo que dijo? ¡Dice que no tuvo la culpa!

Marcela golpeaba la espalda de Jairo con desesperación.

—¡Y todavía la proteges!

Aunque no lo miraba, Isabella sabía la expresión que debía tener Jairo en ese momento: la misma impotencia, la misma desesperación que sentía ella. Una red invisible los tenía atrapados a ambos.

No podían escapar, a menos que rompieran esa red.

Pero si lo hacían, lo suyo se acabaría.

—¡Deja de actuar como una loca!

Marcela había perdido la razón, Óscar había desaparecido, Iván padecía una enfermedad terminal...

Podía quedarse a su lado, ayudarlo a superar este momento tan difícil. Pero, ¿y si su presencia solo empeoraba las cosas?

¿Debía irse o quedarse?

La noche ya era profunda. Isabella caminaba cada vez más rápido, pero Jairo la alcanzó y la abrazó con fuerza por la espalda.

—¿Otra vez intentas huir?

—Es solo que... no puedo enfrentarlos... ¡Pero yo no tuve la culpa!

—Lo sé.

—Estoy agotada y me duele el alma.

—A mí también.

—Jairo...

—Pero no puedo dejarte ir.

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