Víctor asintió.
—Lo recuerdo. Pasé todas mis vacaciones en el hospital.
—Qué bueno que lo recuerdas.
—¿Y tú recuerdas cuando tu padre te arrastró hasta mi casa para pedir disculpas? Te arrodillaste frente a mí, llorando y suplicando que te perdonara.
Yago Contreras apretó los dientes.
—¡Eso fue en el pasado! ¡Las cosas han cambiado! Todos saben que ahora la familia Crespo está bajo el control de Jairo, ¡y tú no eres más que un don nadie que vive del aire!
Al decir esto, pareció recordar algo más.
—No me digas que Jairo te hizo a un lado y por eso terminaste en este pueblo de mala muerte.
Víctor entrecerró los ojos.
—¿Y tú crees que si hoy te muelo a golpes hasta dejarte arrastrándote por el suelo, tu padre se atrevería a decir algo?
—¡Tú...!
—¡El Grupo Contreras no es absolutamente nada comparado con los Crespo!
Yago Contreras estaba furioso, pero no se atrevía a ponerle una mano encima a Víctor. Tal como había dicho, su familia no era rival para los Crespo.
—Ya basta, no vine aquí a discutir contigo —dijo Víctor—. Sabes quién es Lucho, ¿verdad? ¿Lo tienen secuestrado? Más les vale liberarlo de inmediato; si las cosas terminan en una tragedia, no vas a poder asumir las consecuencias.
—¿Qué Lucho? No conozco a ningún Lucho. ¿Por qué vienes a buscarlo aquí?
—Él estaba con este grupo. Anoche tuvo problemas con tu gente y desapareció después de irse. ¿De verdad esperas que crea que ustedes no lo tienen retenido?
—Si vas a acusarme, necesitas pruebas. ¿Alguien nos vio llevándonoslo?
—¡Si tuviéramos pruebas, ya habríamos llamado a la policía!
—La policía ya vino y revisó. No tenemos a nadie retenido. ¡Vayan a buscar a otro lado! —exclamó Yago Contreras con impaciencia, dándose la vuelta para entrar a su oficina.
—Yago Contreras, más te vale usar la cabeza. Una cosa es demoler casas a la fuerza, pero si te involucras en secuestros o le haces daño a alguien, esto se convertirá en un problema grave. Si la situación se sale de control, pueden ir despidiéndose de su planta química. Me imagino que la inversión inicial no fue poca; si no pueden continuar, ¡a ver cómo se lo explicas a tu padre!
—¡A mí no me amenaces! ¡Te dije que no lo tenemos y no me importa si me crees o no!
Dicho esto, Yago Contreras se metió en la oficina.
La puerta de metal se cerró de un golpe. Víctor pateó una piedra, frustrado.
—¿Ya buscaron en todos los rincones del pueblo?
Los jóvenes asintieron.
—Sí, ya buscamos por todas partes y no hay rastro de Lucho.
—Es seguro que ellos lo tienen.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...