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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 456

Después de todo, Óscar se había ido de casa por el maltrato de Marcela; Marcela lo maltrataba por la muerte de Lilia Crespo; y la muerte de Lilia estaba relacionada con ella.

Nunca se había sentido culpable, pero aun así, le habían colgado la etiqueta de «pecadora».

No fue Jairo quien se la puso, pero por culpa de esa etiqueta, sentía una extraña necesidad de disculparse con él.

Era una sensación tan compleja que, al final, decidió volver a la habitación en lugar de quedarse a su lado.

***

A la mañana siguiente, cuando Isabella se despertó, la cama de Jairo seguía vacía.

Se arregló y salió a buscarlo, pero no lo encontró por ninguna parte. Supo entonces que había ido solo.

No quería que ella lo acompañara en un momento así.

Quizás temía perder el control, sentir aunque fuera un ápice de resentimiento hacia ella.

Jairo regresó casi al mediodía.

Al verla esperándolo en la puerta, sonrió levemente y se acercó a abrazarla.

—No era él —dijo, tratando de sonar despreocupado—. Te lo dije, ese muchacho no se daría por vencido. Seguro que ahora mismo está escondido en algún lugar, viviendo su vida.

Isabella lo abrazó y solo entonces notó que su cuerpo todavía temblaba ligeramente.

—Sí. Cuando lo encontremos, le daremos una buena lección.

—Por supuesto.

De regreso, Jairo no paró de hacer bromas, mirándola de reojo de vez en cuando, como si temiera que se enojara.

Y cuanto más actuaba así, más triste se sentía Isabella. Al final, fingió quedarse dormida.

Al volver a Nublario, Isabella fue con Jairo a su departamento. Por la noche, hicieron el amor. Aunque la pasión seguía ahí, sentía que algo faltaba. Al final, la sensación fue casi agridulce.

***

Una vez superada la crisis en Crespo Tech, Isabella presentó formalmente su renuncia a Iván.

Él la aceptó. Lo único que pudo decir fue «lo siento».

Isabella, por su parte, sintió un gran alivio. Empezó a trabajar en la empresa de diseño que tenía con Luna Rojas. Como era una compañía pequeña, no había mucho que hacer, y con Luna al mando, podía permitirse tomarse las cosas con calma de vez en cuando.

Marcela entrecerró los ojos. —Te llevaré con él. Lo traeremos a casa juntos.

Isabella no lo pensó dos veces. —De acuerdo.

Apenas se subió al carro, Marcela arrancó a toda velocidad, sobresaltando a Isabella.

—¿Por qué no manejo yo? —sugirió.

Marcela esbozó una sonrisa torcida. —No hace falta. Llegaremos pronto a nuestro destino.

—¿Sigue en Nublario?

—¿Quién?

Isabella se alarmó. —¿Óscar? ¿No íbamos a buscar a Óscar?

—¡Ah, él! ¡Qué me importa si está vivo o muerto!

—Entonces, ¿a dónde me lleva?

—¡A ver a Lili, por supuesto!

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