—¡No tenemos escapatoria! —dijo Carlota, empezando a entrar en pánico.
Samuel le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tranquila, primero busquemos un lugar donde escondernos. ¡Cuando sea la hora de la salida nos mezclamos con los demás para salir!
—Pero mamá se va a preocupar si no nos encuentra.
—Ya no hay de otra, ni modo, a lo mucho nos ganamos un regaño cuando lleguemos.
—Bueno, está bien.
Los dos niños se metieron en un cuarto de limpieza y, una vez que se sintieron seguros, soltaron unas risitas cómplices.
—¿Viste que a la tal Rocío le salían los mocos y se le metían a la boca de tanto llorar?
—¡Sí, guácala, qué asco!
—¡A ver si así se le quitan las ganas de andar molestando!
—La gente mala merece que le peguen, solo así dejan de fastidiar a los demás.
—Lo malo es que no podríamos ganarle a su papá.
—Se ve que los papás sí sirven para algo. Cuando regrese le voy a pedir a mamá que me consiga uno.
—Yo también quiero que mamá me consiga un papá.
Los dos pequeños recargaron sus cabezas una contra la otra, esperando en silencio a que sonara el timbre de salida.
Pero en el patio ya se había armado un escándalo. Como a Rocío la habían golpeado dos niños desconocidos y tenía moretones en la cara y el cuerpo, la dirección no se atrevió a ocultarlo e inmediatamente llamaron a Esther.
En poco tiempo, Esther llegó a la escuela en su camioneta de lujo acompañada de guardaespaldas. Al ver las heridas en la cara de Rocío, furiosa, puso como lazo de cochino a las maestras y a los guardias de seguridad, y luego ordenó que encontraran a esos dos niños de inmediato.
Justo en ese momento, revisando las cámaras de seguridad, descubrieron dónde se escondían los pequeños, así que un grupo de gente se dirigió hacia el cuarto de limpieza.
Samuel había estado atento a los ruidos de afuera. Al escuchar el retumbar de los pasos, supo que los habían descubierto.
—¡Carlota! —Sacudió a su hermana, que se había quedado dormida por la espera—. ¡Ya vienen, hay que correr!
Sin esperar a que Carlota terminara de despertar, Samuel la jaló de la mano, se asomó primero y luego corrieron en dirección contraria a la que venían los adultos.
—¡Rápido! ¡Agarren a esos escuincles, que no se escapen!
Tras el grito de Esther, sus dos guardaespaldas salieron disparados.
Los directivos de la escuela, al ver que los guardaespaldas eran unos tipos enormes y con cara de pocos amigos, intervinieron apresurados:


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...