Jairo, por supuesto, entendió lo que su madre insinuaba.
—Para recuperar a Samuel, tendríamos que darle a Lucas a Isabella.
Marcela se apresuró a decir:
—¡Eso no! ¡Lucas es el primogénito de la familia!
—Entonces, no quiere soltar a Lucas pero quiere recuperar a Samuel. ¿Cree que Isabella aceptaría eso?
Marcela, al ver la actitud tajante de su hijo, supo que él seguía protegiendo a Isabella y no permitiría que ella saliera perdiendo.
—Si todavía no has superado a Isabella, ¿te parece justo para la señorita Zúñiga?
—No es que no la haya superado.
—Jairo, no te voy a obligar a casarte con nadie, ¡pero no permitiré que tú e Isabella vuelvan a estar juntos!
—Ya dije que no es eso. Además, mis asuntos los manejo yo, por favor, no interfiera.
Dicho esto, Jairo se levantó y subió las escaleras.
Viendo a su hijo alejarse, Marcela suspiró.
Dejando de lado los lazos de sangre, realmente le gustaba Samuel. Con la llegada del niño, la casa se había llenado de vida, rompiendo el silencio mortal que había reinado en la familia Crespo durante mucho tiempo.
Levantó la vista hacia un punto y se quedó helada.
—¡Laura!
La empleada Laura corrió hacia ella. Al ver la expresión de Marcela, se asustó.
Marcela había regresado al país hacía poco y, aunque el tratamiento de estos años casi la había curado, no podía recibir impresiones fuertes y siempre existía el riesgo de una recaída.
—¿Dónde está el retrato familiar? —preguntó Marcela señalando el lugar donde solía colgar el cuadro.
—A usted no le gustaba...
Laura se detuvo, dándose cuenta de que no debía hablar de eso, y cerró la boca de golpe.
—Si lo guardaron, sáquenlo y cuélguenlo de nuevo —insistió Marcela.
—Esa... esa foto ya es vieja. Deberíamos tomar una nueva —susurró Laura.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...