—Pensé que me odiarías —dijo Cristian.
Isabella negó con la cabeza.
—Le agradezco que nos haya salvado a los dos.
—Jairo ya no necesita ir al psicólogo. Si todavía se aman, podrían intentarlo de nuevo.
—No. —Isabella sonrió y suspiró—. Él está bien ahora y yo también. No hay necesidad de forzar las cosas para volver a enfrentar ese dolor.
Isabella terminó de hablar y de repente escuchó un bufido frío. Al voltear, vio a Jairo parado en la puerta, mirándola con ojos gélidos y una mueca de burla en la comisura de los labios.
Cristian tampoco esperaba que Jairo estuviera afuera escuchando. Tosió un poco, dijo que el clima en Suiza estaba muy agradable en esta época y que iba a planear un viaje para irse unos meses, y salió huyendo.
Isabella también quiso escapar, pero Jairo le bloqueó la salida.
—Isabella, en ese entonces, pensé que éramos compañeros de batalla. Aunque la guerra fuera difícil, si luchábamos juntos, ganaríamos. ¡Pero tú desertaste! —dijo él, clavándole la mirada y apretando los dientes con cada palabra.
—Yo... pensé que separarnos era lo mejor para los dos...
—¿Lo consultaste conmigo?
—...
—¿Quién te dio derecho a decidir por tu cuenta?
Isabella respiró hondo.
—Tomé la decisión y fui una desertora. Si quieres enojarte u odiarme, lo acepto. ¿Contento?
—¡Isabella!
—Jairo, en ese momento ya no tenía fuerzas para seguir contigo, ¿puedes entender eso?
—Pero yo... —Jairo apretó los puños.
—¿Qué?
Jairo cerró los ojos y soltó una risa amarga.
—Olvídalo, no tiene caso hablar de esto.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...