Isabella abrió los ojos, incrédula.
—¿O sea que Sebastián quiso matar a la ingeniera Cordero?
—Sí, pero ella iba por la banqueta. Ella y varias personas alcanzaron a hacerse a un lado; una señora grande no pudo, y murió en el acto.
Isabella soltó el aire, impactada.
Sebastián estaba loco. Con razón Helena se veía tan mal: había pasado por algo enorme.
—Como Sebastián todavía no cae, es posible que la ingeniera Cordero siga en peligro.
Isabella asintió.
—Ya que la ingeniera Cordero está con nosotros, tenemos que garantizar su seguridad.
Cuando Hernán salió, Isabella le marcó a Leandro y le explicó por encima lo que había pasado, pidiéndole que estuviera más alerta.
—Entendido. No se preocupe.
Antes de salir del trabajo, Jairo la llamó para invitarla a cenar fuera.
—¿Y los tres niños? —preguntó Isabella.
—Te estoy invitando a cenar. ¿No puedes pensar en algo que no sean los niños?
Isabella se dio cuenta de lo suyo. La que había propuesto volver a salir y disfrutar el proceso, sin correr para casarse otra vez, había sido ella; no podía contradecirse.
—Va. Pasa por mí.
Se puso contenta, se apuró con lo que le faltaba, se maquilló un poquito más llamativa y salió feliz.
En el elevador, sus compañeras le dijeron que se veía muy bonita y le preguntaron si iba a una cita.
—Sí —admitió Isabella, sin pena.
Todos sabían lo de ella y Jairo, aunque solo por encima: que se habían divorciado. Y si ya estaban divorciados, que Isabella saliera con alguien no era el fin del mundo.
Cuando salió del edificio, el carro de Jairo ya estaba en la entrada.
Una compañera vio aquel Land Rover imponente y preguntó de quién era.
A Isabella se le iluminaron los ojos.
—De mi novio.
Y, bajo un montón de miradas envidiosas, se subió al asiento del copiloto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...