—No la despiertes.
—Mira cómo duerme, parece un cerdito.
—El marrano eres tú.
—Oye, ¿siempre ha sido así de tierna?
—De bebé era todavía más linda.
—Pues pásame unas fotos de cuando estaba chiquita.
Floriana se animó, sacó su celular y buscó algunas fotos de Carlota de bebé para enviárselas a Víctor.
—Esta es de cuando cumplió un mes. La llevé a que le tomaran la foto del recuerdo y el fotógrafo dijo que de grande sería una belleza.
Víctor amplió la imagen.
—Vaya, con un mes de nacida ya tenía esos ojotes.
—Sí, se le veían enormes, medio desproporcionados, pero luego creció un poco y se le acomodaron las facciones.
—¿Y aquí qué edad tenía? —preguntó Víctor señalando otra foto.
—Año y medio. Ahí acababa de aprender a caminar.
—¿Hasta el año y medio caminó?
—Al año dio dos pasos, pero se cayó y se pegó en la barbilla. Del susto no quiso volver a intentarlo hasta el año y medio.
—Seguro le dolió mucho.
—Lloró un buen rato.
Los dos siguieron platicando mientras veían fotos, y sin darse cuenta, el sueño los venció. Terminaron durmiendo los tres en la misma cama grande.
Floriana se despertó por el ruido de unas voces. Aunque hablaban bajito, alcanzó a escuchar. Al abrir los ojos, vio que Carlota le daba la espalda y platicaba con Víctor. La niña debía estar muy contenta, porque movía un piecito de arriba abajo.
—Eric, el de mi salón, siempre quiere ir detrás de mí. A donde yo voy, él va.
—¿Eric es niño?
—Ajá.
—¿Te cae mal?
—Mmm, más o menos. A veces me pasa dulces a escondidas.
—Yo te voy a comprar muchísimos dulces para que no tengas que aceptar los suyos.
—¿Pero no se va a sentir triste?
—¿Y a ti qué te importa si se pone triste? A esa edad y ya anda engatusando niñas con dulces... De grande seguro no va a ser buena pieza.
—Señor Crespo, parece que le cae muy gordo Eric, y eso que ni lo conoce.
No era tema para discutir frente a Carlota. Floriana no le creyó, pero tampoco insistió.
Carlota miraba a Víctor, luego a Floriana, y pataleaba de felicidad.
—Mamá, señor Crespo, parecemos una familia de verdad.
Floriana sabía que Carlota siempre había anhelado el cariño de un padre. Se sentía culpable de que, por problemas de adultos, no hubiera podido cumplirle ese pequeño deseo.
—Carlota, a partir de ahora, los tres vamos a ser una familia.
Los ojos de Carlota se iluminaron.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Así como la familia de Isabella, Samuel, Lucas y el señor guapo?
—Así es.
Carlota empezó a brincar en la cama, eufórica.
—¡Guau! ¡El señor Crespo también es de la familia!
Víctor se quedó pasmado un momento. Él era un desastre como familiar; solo sabía causar problemas y preocupar a todos, por eso le tenían tirria. Aunque le daba coraje, sabía que se lo merecía. Pero resulta que, aun siendo un desastre, había alguien dispuesto a considerarlo familia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...