A ninguno de los tres le daban ganas de levantarse. Especialmente a Víctor, que hasta estaba tratando de convencer a Carlota de que se pintara las clases hoy.
Carlota, con sus manitas regordetas, le agarró la cara a Víctor y le dijo muy seria:
—Faltar a la escuela está mal. Y los papás que dejan que sus hijos falten no son papás responsables. Eso dice mi maestra.
Víctor la abrazó.
—Bueno, entonces paso por ti a la salida y vamos a comer algo rico, ¿te parece?
Carlota asintió.
—Eso sí se puede.
Víctor le pellizcó suavemente el cachete a la niña, pensando otra vez en cómo podía existir una criaturita tan adorable.
Ya se les hacía tarde. Los dos adultos y la niña se arreglaron a las prisas, desayunaron cualquier cosa y llegaron a la escuela justo antes de que cerraran la puerta.
Tras despedir a Carlota con la mirada, Floriana checó la hora.
—Vámonos directo al Registro Civil.
Víctor alzó una ceja.
—¿De verdad no quieres pensarlo un poco más?
—¿Qué? ¿Te estás echando para atrás?
—Yo no tengo nada que pensar, al final yo no pierdo nada.
—Entonces vámonos.
Divorciarse suele ser un trámite engorroso, pero casarse es de lo más sencillo. En un ratito ya tenían todo listo.
Salieron cada uno con su acta de matrimonio. Víctor quería decir algo solemne, pero Floriana lo apuró para ir a su casa.
—¿Y ahora qué?
—A recoger mis cosas y las de Carlota. A partir de hoy vivimos en tu casa.
—¿En mi casa? —Víctor abrió los ojos como platos—: ¿A poco también tenemos que vivir juntos?
—Pues obvio. Somos marido y mujer, y los esposos no viven en casas separadas.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...