—¿Por qué hay tanto humo? ¿Se está quemando la casa o qué?
Víctor estaba hablando cuando vio a Floriana. Soltó un «¡eh!» de sorpresa, y luego vio a la mujer sentada en el sofá, por lo que su sorpresa se convirtió en conmoción.
—¿Qué haces en el país?
La mujer se levantó, observó a Víctor y chasqueó la lengua.
—¿Y tu pelo teñido? ¿Y los tatuajes del cuello? ¿Y tus bermudas y camisas de flores? ¿Por qué te vistes así?... Carajo, pareces una persona decente.
Víctor soltó una risita.
—Carajo, siempre fui una persona. ¡La que no ha evolucionado a ser humano eres tú!
Carlota, que venía en la espalda de Víctor y ya tenía los ojos rojos, rompió a llorar al ver a Floriana.
—¡Mamá!
Floriana no entendía qué pasaba y se apresuró a bajar a Carlota de la espalda de Víctor.
—¿Por qué lloras?
Víctor iba a explicarlo, pero la mujer se le lanzó encima de repente. No solo lo abrazó, sino que lo besó directamente. Víctor, tomado por sorpresa, retrocedió dos pasos hasta chocar contra la puerta y la abrazó por instinto.
Al ver esto, Floriana le tapó los ojos a Carlota y se la llevó a la habitación.
—Mamá, ¿quién es esa señora rara? ¿Por qué quiere que el señor Crespo la abrace? Me cae muy mal. —A Carlota se le olvidó el llanto del coraje y torció la boca haciendo un berrinche.
Floriana solo le dijo que era una amiga de Víctor y cambió de tema rápidamente, preguntándole qué habían hecho y por qué había llorado.
—El señor Crespo me llevó a ponerme las vacunas. Dolió mucho.
Carlota se subió la manga para mostrarle, pero el piquete era tan pequeño que ya ni se veía.
—El caso es que dolió.
Floriana se dio una palmada en la frente; se le había olvidado por completo, pero qué bueno que Víctor se acordó.
—Jairo se ha vuelto adicto a internet, se la pasa jugando. A menudo se le olvida recoger a los niños; ya me he peleado con él varias veces. —Al mencionar esto, Isabella se molestaba. Jairo y «adicción a los videojuegos» eran conceptos que antes le parecían imposibles de unir.
Pero esa era la realidad. Cuando salieron esa mañana con los niños, él seguía encerrado en el cuarto de juegos; se había pasado toda la noche en vela frente a la pantalla.
Cada vez que ella intentaba discutir, él la sacaba de la habitación para que no lo molestara.
Isabella tenía ganas de acusarlo con sus mayores, con su abuelo o su tío, pero suponía que no serviría de nada.
—Facundo Prado no ha hecho ningún movimiento últimamente, pero cuanto más tranquilo está, más me preocupa. —Lo que más temía Floriana ahora era que Facundo atacara de repente, y seguro sería una jugada sucia e impredecible.
—Y también está lo de Víctor, él...
Al mencionar a Víctor, recordó que se había ido a un hotel con aquella mujer, y sintió una incomodidad en el pecho.
Isabella notó que la expresión de Floriana se llenaba de melancolía al hablar de Víctor y se preocupó un poco.
—Floriana, por favor no te enamores de Víctor. Vas a salir lastimada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...