Floriana y Carlota cenaron antes de regresar a casa. Víctor aún no había vuelto.
Floriana acompañó a Carlota mientras hacía un poco de tarea y luego la arrulló para dormir.
—El señor Crespo siempre me cuenta cuentos por la noche.
Floriana torció el gesto.
—Antes te dormías sin cuentos.
—Pero el señor Crespo dice que las princesas se duermen escuchando historias.
—Puras tonterías.
—Mamá, de verdad no tengo sueño.
Sin más remedio, Floriana tomó un libro de cuentos del estante. Apenas leyó una frase, Carlota la interrumpió diciendo que eso no.
—Eso es para niños chiquitos. Yo ya no soy una niña chiquita.
Floriana alzó una ceja.
—¿Entonces qué te gusta escuchar?
—El señor Crespo me cuenta de cuando se peleaba con pandilleros en el extranjero. Era muy valiente, peleaba contra diez él solo. Nada más le dieron un navajazo, pero aparte de eso no le pasó nada.
Floriana apretó los dientes. Ese desgraciado le estaba contando esas cosas a Carlota.
—Anoche el señor Crespo se quedó en la parte donde él y sus amigos fueron a desmadrar un casino. Estaba bien emocionante, me prometió que hoy me seguiría contando.
Floriana cerró el libro de golpe y resopló.
—¡A dormir!
Carlota dio vueltas en la cama un buen rato, pero al final se quedó dormida.
Floriana miró la hora; ya eran más de las once y cierto individuo no aparecía. Reprimió su enojo y se acostó en el borde de la cama. Justo cuando estaba por conciliar el sueño, oyó la puerta.
Luego escuchó pasos acercándose, hasta que la puerta de la habitación se abrió.
Una sombra oscura flotó hasta la cama, se quedó parada un momento y luego se inclinó hacia ella, trayendo consigo un fuerte olor a alcohol.
—¿Qué haces? —preguntó Floriana con frialdad.
Víctor hizo una mueca.
—¿No estás dormida?
—¡Lárgate!
Víctor quiso hablar, pero se le escapó un eructo de borracho.
—Quería ver a Carlota.
—Floriana, si no me dejas tocarte, ¡qué carajos te importa lo que yo haga!
—¡¿Y cuándo me ha importado?!
—¿No me acabas de mandar a bañar?
—¡Simplemente me das asco porque estás sucio!
—Ah, ¿no te importa? ¡Pues ahorita mismo me largo a buscar una mujer!
—¡Haz lo que quieras!
Víctor se encendió aún más. Se levantó de un salto, miró fijamente a Floriana una vez más y, al ver su actitud de total indiferencia, apretó los dientes y salió de la habitación.
Tras el portazo, Floriana se quedó rechinando los dientes del coraje.
Esa noche Víctor no regresó. Tampoco volvió al día siguiente. Al caer la noche, la producción de la película comenzó a presionar a Floriana para que volviera.
Sin otra opción, Floriana llamó a Víctor. Quien contestó fue aquella mujer.
—Te mando la ubicación. Si tienes los ovarios, ven.
La mujer usó el celular de Víctor para enviarle una ubicación; era en un complejo de departamentos en el barrio antiguo.
Floriana pensó que sería la casa de la mujer, así que tomó un taxi y se llevó a Carlota. La unidad habitacional era abierta, por lo que el taxi pudo entrar, pero había muchos edificios, el camino era confuso y, lo más importante, no se veía ni un alma.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...