Después, Víctor y Martina se volvieron compañeros de peda. Fue entonces cuando ella le contó que, aquella vez, acababa de llegar a Oricalco y trabajaba de niñera en una casa; como el patrón quiso forzarla, tuvo que escapar como pudo. Salió sin maletas y sin un peso.
Y justo en ese momento, su mamá le llamó para decirle que su hermana estaba hospitalizada y necesitaban dinero. Desesperada, no le quedó más que acercarse a él.
Esa vez, Víctor la miró de arriba abajo. Iba vestida simple, sin chiste, nada atractiva. La rechazó.
—Si vas a andar de vendida, mínimo fíjate si tienes con qué.
Le soltó esa burla y se fue, bien campante.
La siguiente vez que vio a Martina, ya era la estrella del antro.
Se sentó junto a él. Ya no estaba temblando ni se veía torpe como antes: lo besó sin pedir permiso, se quitó la ropa frente a un montón de hombres, bailó provocándolo… hizo de todo para seducirlo.
Esa noche él se la llevó al hotel, pero justo cuando la arrinconó contra la puerta para forzarla, ella sacó quién sabe de dónde una botella y se la estampó en la frente.
El golpe fue durísimo. Él cayó al piso de inmediato y, entre la sangre que le nublaba la vista, alcanzó a verla mirándolo con un odio terrible.
—¿Por qué? —preguntó él.
Martina le puso un pie en el pecho y soltó una risa helada.
—Porque aquella noche me rechazaste.
—¿Y?
—Me tuve que vender a un viejo. Más de sesenta, y con gustos bien enfermos. Me tuvo dos días y dos noches… si no llega su esposa, me mata. Pero su mujer tampoco era ninguna santa: me engañó y me trajo a este lugar, para que no pudiera pedir ayuda ni salir.
Víctor soltó una risa seca.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...