Alzó la mirada y vio a un grupo armando fiesta en su casa: unos fumaban, otros tomaban, otros bailaban, otros coqueteaban… y ni siquiera se daban cuenta de que alguien había entrado.
—Aj… —Carlota se atragantó con el humo y empezó a toser.
Víctor se apuró a llevarla al cuarto de la niña. Después de acomodarla, salió y, de entrada, prendió todas las luces.
Con la sala iluminada, por fin pudo ver quiénes eran: además de Martina, había cinco hombres y dos mujeres, con ropa de lo más atrevida, el cabello pintado de mil colores y fachas rarísimas.
A la mayoría los conocía. En otros tiempos, él también había sido de ese grupo.
—¡Ah, mira! ¡Víctor, ya regresaste! —Martina, ya bien entrada en copas, se le acercó tambaleándose. Traía una botella en la mano y, al llegar, quiso obligarlo a darle un trago, pero Víctor se hizo a un lado.
Él frunció el ceño.
—¿Quién te dio permiso de venir a mi casa?
Martina se rio, como si le pareciera una tontería.
—¿Desde cuándo necesito tu permiso para venir?
Víctor vio que estaba borracha y no quiso engancharse.
—Ya es tarde. Váyanse.
—¿Estás pendejo o qué? ¡Si apenas son las once! ¿Que ya es tarde, dice?
—Mañana tengo que llevar a mi hija a la escuela y luego ir a trabajar. Para mí, once ya es tarde.
—¡Ja! ¿Oyeron lo que dijo? ¡Que tiene que ir a trabajar! ¿Con ese pinche cerebro todavía puedes trabajar? ¿Y cuál hija? Ya me enteré: nomás andas manteniéndole la vieja y la niña a otro.
Mientras hablaba, Martina le picó el pecho con un dedo. Víctor le apartó la mano y ella, sin pena, se le recargó encima.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
—Se va a casar con el que antes era mi prometido. Cuando mi familia quebró, mis papás le pidieron dinero a mis espaldas. Yo no quise que él me viera para abajo, así que corté con él. Luego me fui al extranjero a trabajar para mantener a mis papás y pagarle la escuela a mi hermana… pero después mi papá se recuperó y ellos dijeron que yo “los dejaba mal”. Ya ni me dejaron volver.
Eso ya se lo había contado antes. Y siempre era cuando Martina estaba tomada. Cuando estaba sobria, nunca mencionaba ni a su familia ni a ese hombre.
—Mi familia y la suya eran amigos de toda la vida. Yo estaba comprometida con él desde chica. Y ahora que ya me usaron, me mandaron al carajo; entonces, que mi hermana cumpla el compromiso. ¿Pero por qué nadie pensó en mí? Ellos saben cuánto lo amaba. Si no hubiera sido por ellos, yo no lo habría dejado; yo no estaría así, yo…
A Martina se le quebró la voz.
Víctor recordaba la primera vez que la vio: fue en un casino. Esa noche él ganó una buena lana y, al salir, notó que alguien lo venía siguiendo. Era Martina.
Con miedo, ella le preguntó:
—¿Quieres una mujer? Salgo barata…

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...