Isabella le contó a Julián sobre Marcela Crespo: cómo había tenido a Óscar con la esperanza de revivir a su hija fallecida y cómo, al nacer varón, lo había despreciado y odiado. Le narró esa parte de la historia a Julián sin omitir detalles.
Era un pasado que Isabella prefería no recordar, pues cada vez que lo hacía, el corazón le dolía.
Óscar era un muchacho tan bueno, pero su vida había sido miserable. Anhelaba el amor de su madre, pero ella lo rechazaba; en su desesperación por complacerla, incluso había considerado cambiarse de sexo. Estaba tan desesperado... Y al final, su propio profesor lo traicionó, le robaron sus órganos y murió en agonía.
¿Cuánto miedo debió sentir en ese momento? Isabella no se atrevía a imaginarlo. Esa era la razón por la que Jairo estaba decidido a atrapar a Pol Carrasco.
—Pensé que al ser un joven de la familia Crespo, habría tenido una vida feliz... No sabía... —Julián se cubrió los ojos con impotencia, pero las lágrimas se escaparon entre sus dedos.
—Julián, sé que no sabías nada sobre el ataque a Óscar ni el robo de su corazón. Sé que te mantuvieron en la ignorancia y que, tras saber la verdad, la culpa te ha estado carcomiendo. En realidad, no podemos odiarte. Pero estás encubriendo a tu padre. Te niegas a decirnos dónde está. ¿De verdad crees que eres inocente?
—Yo... —Julián miró a Isabella, con la mirada llena de conflicto interior—. Por favor, no me presiones. Mi papá se está escondiendo para salvarme. Si les digo dónde está... yo... ¿qué clase de hijo sería?
—Entonces piensa en Óscar...
—¡Me trajiste estas cosas solo para torturarme! —gritó él de repente, perdiendo el control.
Isabella frunció el ceño.
—Si eso crees, lo acepto. Pero, ¿te das cuenta? Tu estado es crítico. Para sobrevivir necesitas un segundo trasplante. ¿Crees que tu papá y tu hermana se quedarán de brazos cruzados viéndote morir? Es muy probable que, para salvarte, maten a una segunda persona. A otro joven como Óscar.
—Quizás quieras detenerlos, ¿pero puedes?
—Vas a cargar con otra muerte en tu conciencia. ¿Podrás soportarlo?
Isabella soltó todo de golpe, esperando que al menos una frase calara en Julián.
Jairo estaba furioso. Había costado mucho encontrar a los hermanos, y ahora que se habían ido, seguramente no volverían a mostrarse fácilmente, lo que hacía que atrapar a Pol fuera casi imposible.
Isabella trató de consolar a Jairo, diciéndole que tenían tiempo y que los encontrarían.
Pasaron unos días sin noticias de los hermanos Carrasco. Jairo e Isabella empezaban a sentirse impotentes. Pero esa noche, inesperadamente, un número desconocido llamó al celular de Isabella.
Isabella contestó. Era Julián.
Llamaba a escondidas y, con la voz apresurada, solo dio una dirección.
Isabella comprendió de inmediato que era el escondite de Pol. Rápidamente lo habló con Jairo y, antes de salir, avisaron a la policía.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...