Erika pronunció estas últimas palabras casi a punto de soltarse a llorar.
¿Y qué si él era un hombre poderoso?
¡Se negaba a creer que pudiera manejar el mundo entero a su antojo!
—¿Ah, sí? Pues entonces ya veremos qué tantas agallas tienes.
Las palabras de Valerio iban cargadas de burla y de amenaza. Dicho esto, dio media vuelta y empezó a caminar hacia la puerta.
Al ver eso, Erika corrió tras él, bloqueándole el paso.
—¡Devuélveme mi bolsa y mi celular!
Desde su gran altura, Valerio le dirigió una mirada desdeñosa y torció los labios en una media sonrisa.
Con la voz rebosante de sarcasmo, disparó:
—¿Qué pasa? ¿Tanta prisa tienes por llamarle a tu queridito? Si tanto te quiere, ¿por qué no contestó cuando estabas en la delegación?
Ese comentario dejó a Erika helada, y las palabras se le escaparon solas:
—¿Tú cómo sabes eso?
Tan pronto lo soltó, se tapó la boca por instinto.
¡Qué demonios acababa de preguntar...!
Para cualquiera que la escuchara, eso sonaba exactamente como una confirmación de que, en efecto, tenía a otro.
¡De seguro el coraje le estaba nublando el cerebro!
Erika se aclaró la garganta y se vio obligada a explicar de mala gana:
—No me refería a eso. Lo que quiero saber es cómo te enteraste de que llamé a Martina y a Adrián para pedirles ayuda.
—Porque te revisé el celular —respondió Valerio sin inmutarse, como si hablara de la cosa más normal y trivial del mundo.
Erika se quedó atónita.
Se quedó sin palabras al instante. Abrió los ojos de par en par, viéndolo con total incredulidad.
Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para tragarse los insultos que le bailaban en la punta de la lengua.
—Tú sabes perfectamente que fue Lorena la que me puso esa trampa, ¡¿por qué le pasaste por alto todo?!
Este brusco cambio de tema pareció darle en el blanco.
Valerio, que ya había abierto la puerta, se detuvo en seco y apartó despacio la mano de la perilla.
Se quedó paralizado en su lugar, guardando silencio por largo rato antes de girarse y decir con la cara inexpresiva:
—¿Y tienes pruebas de eso?
Erika enmudeció. Se le quedó viendo con los labios temblorosos, incapaz de articular un solo sonido.
Pero de repente, los extraños comportamientos de Diego acudieron a su mente.
Con la seguridad renovada, arremetió de golpe:
—¡Yo no tengo pruebas! ¡Pero tú sí las tienes!
Al oír esto, Valerio volvió a entrar en la habitación y caminó lentamente hacia ella.
Su mirada brillaba intensamente, amenazando con perforarle el alma.

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