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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 180

Adentro de la oficina las luces estaban apagadas, y el ambiente se sentía súper lúgubre.

Erika se quedó tiesa en su lugar, con la vista clavada en ese hombre que en esos momentos parecía un león fúrico a punto de atacar.

Valerio ya había hecho mil corajes antes, pero nunca, en todo el tiempo de conocerlo, lo había visto reventar a ese nivel.

El verlo en esa faceta tan loca, junto con el cuarto tan denso por el humo del cigarro, le revolvió el estómago y le dio muchísima ansiedad.

En cuestión de segundos, la ropa se le pegó a la espalda del sudor frío.

Para colmo, la peste a tabaco le nublaba los pulmones y casi ni la dejaba respirar bien.

En cambio, Valerio, con los ojos como inyectados en sangre, se le quedó viendo de una manera que mataría a cualquiera.

La manaza que la tenía agarrada empezó a apretar más y más su brazo, como si le fuera a romper el hueso ahí mismo.

Conforme aumentaba la fuerza bruta de su agarre, el dolor le calaba peor.

Ella apretó los dientes, arrugó la cara y protestó enojada:

—Valerio, ¿ahora qué pinche mosca te picó? Me estás lastimando, suéltame.

Trató de zafarse a tirones mientras lo escudriñaba llena de confusión.

El Valerio que tenía en frente traía las venas de la frente saltadas, latiendo como si se le fueran a reventar de lo alterado que estaba.

Tenía la mandíbula tensa y una furia evidente en los ojos.

Era como si tratara de apagar su propia explosión con cada trago de aire que agarraba.

«¿Qué carajos había pasado para sacarlo así de sus casillas?».

Justo cuando estaba pensando eso, Valerio la soltó de sopetón.

Ante la vista de Erika, el hombre se volteó y caminó a paso pesado rumbo al escritorio de la oficina.

Ella bajó la vista, masajeándose la parte del brazo que él le dejó doliendo.

¡De repente, Erika sintió un golpe punzante y un ardor terrible justo en el cachete!

Al escuchar el ruido de unas hojas rebotando contra su cara, vio como unas carpetas de documentos caían planeando al piso.

Entre los papeles cayendo, pudo notar de reojo cómo Valerio apenas y regresaba su brazo a un lado.

Fue cuando logró ver el encabezado impreso con letras grandísimas: «Prueba de Paternidad».

Inmediatamente empezó a barrer con los ojos las últimas hojas buscando el veredicto.

De forma paulatina, su mano apretó los costados de las hojas como si tratara de ahorcarlas.

No pasó ni un minuto antes de que arrugara las esquinas con puro apretón de nervios.

—¡No! ¡Esto no puede ser posible! ¡De ninguna manera!

Sus manos empezaron a temblarle como gelatina; le fue imposible evitar que las lágrimas empañaran sus ojos al leer todo aquello.

Dijo eso moviendo la cabeza en negación total, susurrando al aire con un sentimiento de desesperación pura.

De pronto, la voz helada de Valerio taladró su mente desde donde él seguía viéndola por arriba:

—Ya tengo la cirugía programada; me voy a encargar de deshacerme de ellos hoy mismo.

Lo que acababa de soltar calaba hasta la médula de los huesos, igual que su voz que congelaba con solo escucharla.

Erika sintió que la sangre se le fugaba de los dedos, perdiendo todo el calor del cuerpo; su corazón, encogido, le dejó un vacío absoluto en el pecho.

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