Valerio le besó la frente repetidas veces y murmuró con suavidad:
—No llores, déjame revisarte las piernas.
Mientras hablaba, presionó suavemente sus muslos con las manos.
—¿Te duele? ¿Aquí? ¿Y acá?
Al ver que Erika negaba con la cabeza, por fin pudo respirar aliviado.
El pánico de la mujer comenzó a disiparse gradualmente, y fue entonces cuando recordó que, hacía unos instantes, él había sido rozado por una piedra.
Se acomodó en el asiento, se secó las lágrimas y dijo:
—Quítate la camisa, déjame ver tu herida.
Valerio frunció el ceño. De pronto, como si recordara algo vital, le preguntó con urgencia:
—¡¿Tienes comida o agua en el asiento trasero?!
Erika asintió.
—Sí, dejé la bolsa de las compras del supermercado atrás.
Valerio miró a su alrededor con rapidez y luego arrancó el reposacabezas del asiento delantero.
—¡¿Qué vas a hacer?! —exclamó ella, deteniéndolo del brazo.
—No te preocupes, seré rápido —respondió él con calma.
Sin añadir más, abrió la puerta, se cubrió la cabeza con el reposacabezas y salió de la camioneta. En unos pocos y decididos pasos, abrió la puerta trasera del destrozado auto de Erika, agarró la bolsa de compras con precisión y regresó velozmente.
No solo ella se quedó helada por el miedo; él mismo se había jugado la vida al salir.
Pero había visto la magnitud del desastre ahí afuera y sabía que el rescate no sería sencillo. Necesitarían esas provisiones para sobrevivir la espera.
Valerio abrió la bolsa: dos botellas de agua, una caja de galletas, dos panes, además de pañuelos desechables, una bufanda de seda, cubrebocas y repelente para mosquitos.
Erika se limpió el resto de las lágrimas y, con voz temblorosa, confesó:

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