A la mañana siguiente.
Erika se arregló, desayunó algo nutritivo y salió de la casa.
Para ahorrar dinero, primero tomó un camión y luego pidió un taxi para llegar a la mansión Ramírez.
En la entrada, Jacinto le abrió la puerta con la misma amabilidad de siempre, llamándola todavía señora Ramírez.
Erika se detuvo un segundo, pero sin dar más explicaciones, avanzó hacia la casa.
Al verla volver, María corrió de inmediato hacia ella, con una agilidad sorprendente para su edad.
—¡Señora, señora! ¡Por fin regresó!
—María...
Erika la llamó con la voz entrecortada. Al ver los ojos llorosos de María, también sintió un nudo en la garganta.
En el más de un año que llevaba viviendo ahí, María era quien más la había procurado.
—Qué bueno que volvió, qué bueno. Desde que se fue, el señor Ramírez tampoco ha venido, y esta casa tan enorme se siente muy vacía. ¡Ay, Dios!
Erika le dio unas palmaditas en el hombro a María y le dijo con suavidad:
—Este... María, solo vine a recoger una cosa.
Al escuchar eso, la emoción en el rostro de María se transformó en tristeza.
Aunque el señor Ramírez no había dado ninguna orden explícita, por el tono de Erika y el hecho de que llevaba días fuera, era evidente que la relación se había terminado.
Qué lástima de pareja, ¿qué habría pasado entre ellos?
—María, ¿limpiaron las cosas de mi recámara?
María se secó las lágrimas y se apresuró a contestar:
—No, para nada. El señor Ramírez prohibió que movieran sus cosas; solo hacemos la limpieza de rutina.
Erika le volvió a dar unas palmaditas para tranquilizarla, y se dio la vuelta para subir las escaleras.
Al llegar a la recámara, fue directo a buscar una cajita de terciopelo en los cajones del buró. Revisó todos, pero no la encontró.
Buscó por cada rincón del cuarto y el resultado fue el mismo: nada.
La noche anterior, al deshacer su maleta, se dio cuenta de que no traía la cajita. El día que Valerio le pidió el divorcio, del puro coraje, se olvidó por completo de empacarla.
Erika trataba de hacer memoria, desesperada.
Recordaba perfectamente que, después de que se le rompió ese collar, lo mandó arreglar; estaba segura de que ya había quedado y que lo había recogido.
Era verdad que en el pasado había vendido un par de bolsas, pero fue una emergencia médica.
Tampoco eran cosas que ella usara, ¿acaso no podía hacer lo que quisiera con ellas?
¿Por qué todo lo que salía de la boca de ese hombre tenía que sonar tan ojete?
¿O de verdad creía que, incluso siendo su esposa en aquel entonces, no tenía derecho a tocar nada de la casa?
Erika levantó la mirada lentamente y se topó con sus ojos fríos.
—Valerio, ¿por qué siempre buscas la manera de humillarme? Lo hacías antes y lo sigues haciendo.
Valerio bajó la mirada hacia ella y no dijo ni una palabra.
Al ver esa expresión de absoluta indiferencia hacia los sentimientos de los demás, a Erika le hirvió la sangre de coraje, y continuó reclamando:
—Si de todos modos nunca fui digna de ti, ¿para qué aceptaste casarte conmigo? Por mucho que fuera una orden de tu abuelo o que te haya presionado, tenías los medios para convencerlo de lo contrario, ¿o no?
En cuanto Erika terminó de hablar, Valerio se le acercó de golpe.
Apoyó sus fuertes brazos contra la puerta a espaldas de ella; su respiración caliente rozaba la mejilla y el cuello de Erika.
—¿Y tú? ¿Por qué aceptaste casarte conmigo?

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