Al verla en ese estado tan patético, Martín ni siquiera le preguntó dónde le dolía ni quién se lo había hecho, sino que primero le ordenó a los guardias que dispersaran a los curiosos.
Sin embargo, todos los invitados en ese salón eran gente muy rica e influyente, por lo que los guardias de seguridad ni de chiste se atrevieron a moverlos y se quedaron como estatuas.
De todas formas, algunos sintieron que la escenita ya daba pena ajena y prefirieron alejarse por cuenta propia.
A Martín ya no le importó el resto. Empezó a regañar a la mujer entre dientes:
—¡De haber sabido que ibas a hacer esto, no te traía! ¡¿Tienes idea de lo importante que es esta cena para mí?! ¡La cagaste, lo arruinaste todo! Si la prensa toma fotos de esto, ¡¿con qué cara voy a presentarme ante los demás?!
—¡Estoy herida y encima me regañas! ¡¿Te importo aunque sea un poquito?! ¡¿Acaso yo empecé?! ¡Fue esa perra, ella me robó la pulsera y me dejó así! ¡¿Te vas a hacer de la vista gorda?! ¡¿Verdad?!
Lourdes lloraba a moco tendido; aguantando el dolor, apuntó hacia Vanesa, que estaba sometida por los guardias, y desahogó todo su coraje y frustración contra Martín.
Al escuchar los gritos de Lourdes, Martín desvió su mirada sombría hacia Vanesa, que forcejeaba con el cabello todo alborotado.
Vanesa, tras el jaloneo con Lourdes, ya sentía que había hecho el ridículo de su vida, y para colmo había lastimado a la otra mujer.
Su expresión mostraba rabia y terror, con un tinte de impotencia que resultaba difícil de describir.
Para combinar con el vestido, se había puesto tanta laca en el peinado que el desastre no se veía como cuando alguien se levanta de la cama; cada mechón que Lourdes le jaló se quedó congelado en el aire, dándole un aspecto bastante cómico.
Al ver a Martín caminar hacia ella con ojos llenos de asco, el pánico de Vanesa se disparó.


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