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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 400

—¿Quién te crees que es Valerio? ¿Y qué clase de estatus tendría la mujer con la que anda? Mírate nada más, con esa pinta de pordiosera... ¿y todavía te crees con derecho de fingir que eres la amiga íntima de alguien poderoso? Lastimaste a mi acompañante, ¿de verdad fuiste tan ilusa de pensar que te iba a dejar en paz por contarme un cuento chino?

Martín apretó el agarre y le escupió esas palabras con absoluto desdén y los dientes apretados.

Al ver que su estrategia no había servido de nada, Vanesa recordó repentinamente el grito de antes: alguien había expuesto que estuvo en la cárcel.

Aparte de Erika, ¿quién más la conocía ahí? ¡¿Quién más sabría sobre su pasado?!

En un arranque de desesperación, Vanesa alcanzó a ver a Erika a lo lejos y le gritó:

—¡¡Erika!!

Para ese momento, algunos de los mirones ya se habían ido.

Ese agudo grito hizo que las cabezas de todos los que seguían ahí giraran al unísono, buscando a la tal «Erika».

Erika levantó la mirada con calma e hizo contacto visual con ella.

Aunque había resentimiento en el rostro de Vanesa, en sus ojos predominaba el pánico y el terror absoluto.

Erika no dijo nada en el instante. Martín, cegado por el coraje, también volteó hacia Erika, guiado por el grito de Vanesa.

—¿Señora Romero? ¿Usted... conoce a esta mujer?

Martín miró a Erika desconcertado, y su tono de voz se suavizó por completo.

Erika seguía en silencio, contemplando la reacción de Vanesa con total frialdad.

Vanesa, por su lado, le había gritado motivada puramente por el coraje.

Pero, al ver que ese hombre la conocía, no pudo evitar preguntarse por qué la estaba llamando «Señora Romero».

A Vanesa no le dio tiempo de resolver sus dudas; solo notó el evidente respeto con el que Martín se dirigía a Erika.

Vanesa dudó. Si se atrevía a meterse con Erika en ese momento, lo más seguro es que el hombre terminaría dándole una paliza antes de arrojarla a la calle.

Y lo peor era que acababa de lastimar a esa mujer a vista de todos. Si la demandaban, teniendo ya antecedentes penales...

Al ver a Valerio acercarse, Martín se portó como si estuviera frente a un mismísimo emperador.

Soltó a Vanesa enseguida, dio la media vuelta y fue corriendo hacia él, regalándole una sonrisa sumisa y llena de zalamería:

—Le ofrezco mis disculpas, señor Ramírez. Qué imperdonable de mi parte causarle tanto ruido.

Valerio le lanzó una mirada de reojo y lo ignoró. Continuó caminando para tomar asiento en el extremo de otro sofá.

Ante eso, los invitados guardaron un silencio sepulcral.

Martina se acercó al oído de Erika y le preguntó en un murmullo:

—¿Nos vamos?

Erika movió los labios suavemente y contestó:

—No.

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