El rostro de Cristina palideció. Acarició nerviosamente el mantel de la mesa y, tras un momento de tenso silencio, preguntó con cautela:
—¿Te divorciaste de ese tal señor Romero?
—Así es —respondió Erika sin titubear.
Cristina asintió lentamente.
—Con razón últimamente eres tú quien lleva y trae a los niños del colegio, o a veces es la niñera quien lo hace.
Tras decir eso, Cristina dejó escapar un profundo suspiro y continuó:
—Yo no soy joven como tú, ni tengo tu belleza. Trabajé codo a codo con ese animal de Martín, usando los ahorros de mi familia para levantar la empresa con muchísimo sudor. Y ahora... todo se ha ido a la basura. No sé qué va a ser de mi pobre hijo.
Al decir esto, Cristina rompió a llorar desconsoladamente.
Erika no la interrumpió; simplemente le lanzó un paquete de pañuelos de papel.
Cuando Cristina terminó de llorar, Erika habló con frialdad:
—Ve al grano. ¿Cuáles son tus condiciones y qué ofreces a cambio? Tengo mucho trabajo y estoy segura de que tú también tienes un montón de problemas que resolver.
Cristina se secó las últimas lágrimas y, con voz ronca, dijo:
—Primero... déjame ver tu collar.
Sin decir una palabra, Erika se lo quitó y se lo entregó.
Cristina acarició el collar una y otra vez, murmurando para sí misma:
—No hay duda, es el collar que recuerdo.
Se lo devolvió a Erika y, con expresión seria, sentenció:


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