Diego negó con la cabeza y respondió:
—Los policías están haciendo guardia y no permiten el paso. Su esposa tampoco aparece por ningún lado, así que tendré que regresar por la tarde.
Erika frunció el ceño.
—¿Viniste a negociar una compensación? ¿O ellos ya iniciaron la demanda?
—No vengo a negociar nada —aclaró Diego—. El señor Ramírez fue muy claro: no le dará ni un centavo a ese infeliz. Para serle totalmente sincero, me envió con órdenes estrictas de amenazarlo.
Erika se quedó en silencio.
Por dentro, soltó una risa amarga. Qué típico de Valerio Ramírez: moler a golpes a alguien hasta dejarlo irreconocible y luego mandar a su asistente a amenazarlo en el hospital.
Hacía honor a su reputación.
Pero entonces, cayó en cuenta de que su propio propósito al ir allí había sido exactamente el mismo: amenazar a Martín. Una ligera punzada de vergüenza la recorrió.
Mientras sus pensamientos vagaban, Diego continuó hablando:
—Si se tratara de cualquier otro asunto, el señor Ramírez simplemente pagaría los gastos médicos y una compensación por daños morales. Pero ese hombre le faltó el respeto a usted, y el jefe no se lo va a perdonar. Aunque el infeliz no logró hacerle nada, el señor Ramírez no está dispuesto a soltar ni un centavo de compensación.
Al escuchar esto, la mente de Erika empezó a trabajar a toda máquina. Si Valerio se negaba rotundamente a pagar, ¿cómo iba a rendirle cuentas a Cristina?
A decir verdad, a Erika no le daba ni un gramo de lástima que Martín hubiera terminado hecho polvo; ¡se lo merecía por intentar sobrepasarse!
Pero Cristina...
Cristina le había revelado el apellido de la señora Yáñez. Con esa pista, la búsqueda sería infinitamente más fácil. Si gracias a esa información lograba encontrar a sus verdaderos padres, Cristina sería, a todas luces, su benefactora.
Una vez que la policía se llevara a Martín y confiscaran la empresa, Cristina se quedaría en la ruina total. Solo por esa pista, Erika sentía que debía ayudarla.

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