—Se equivocan, yo no soy quien buscan.
Apenas terminó de hablar, uno de ellos sacó un celular y se lo puso enfrente.
Erika se le quedó viendo. Mientras el hombre deslizaba el dedo por la pantalla, aparecieron todos los datos personales de Adrián.
Erika lo entendió todo en un instante. Sin duda, Valerio los había mandado. Mostrarle que habían investigado a Adrián hasta el más mínimo detalle era una amenaza descarada.
¿Qué iba a hacer? ¡De verdad planeaba quitarle a sus bebés!
—Pase, señorita Milán.
La apresuró el hombre con un tono inexpresivo.
Erika miró a los dos mastodontes y sintió que la frente se le perlaba de sudor.
Si se negaba, si ponía resistencia, ¿qué le harían?
Con ese pensamiento, intentó empujar al hombre que estaba en la puerta, pero él ni se inmutó. Luego quiso correr hacia el pasillo, pero el otro sujeto le bloqueó el paso de inmediato.
Molesta, los fulminó con la mirada y les exigió una respuesta:
—¿Valerio los mandó? ¡Les advierto que lo que está haciendo es un delito, y ustedes son sus cómplices!
Nada más decir eso, los dos hombres intercambiaron una mirada, la agarraron de los brazos cada uno por un lado y se la llevaron a rastras hacia el elevador.
Al sentir que sus pies no tocaban el suelo, Erika tuvo miedo de lastimarse y no se atrevió a forcejear demasiado. Mirando a uno y a otro, les gritó furiosa:
—¡Suéltenme!
Al ver que la ignoraban por completo, empezó a gritar:
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Me están secuestrando!
Los dos guardaespaldas se quedaron mudos por un instante ante la exageración, pero no detuvieron su marcha.
Para su mala suerte, el elevador venía vacío, así que los hombres lograron meterla al coche sin el menor esfuerzo.
Una vez adentro, golpeó la ventanilla un buen rato, pero los tipos que iban en los asientos delanteros parecían de piedra; no le hacían el menor caso.

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