—¿Cariño? ¿Tú qué sabes de eso? —Erika caminó hacia el escritorio y se sentó, cruzada de brazos, retomando su habitual tono tranquilo—. Para pagarte por haberme salvado, yo me encargaré del asunto del animal de Martín Falcón, me aseguraré de que no vayas a prisión. Fuera de eso, no hay nada más.
Erika le había dado muchas vueltas al asunto. Si iba a intervenir, era mejor dejar claro el porqué y no darle pie a pensar que lo hacía porque se preocupaba por él.
Valerio se acercó al escritorio a paso lento y, suavizando la voz, dijo:
—No te preocupes por eso, no se atreverá a hacer nada.
—Tú estás muy seguro de que él no, ¿pero y su esposa? —replicó ella.
Valerio le restó importancia al asunto:
—Si ella piensa en su hijo, tampoco lo hará.
Erika no quiso seguir discutiendo. Lo que él decía tenía sentido, pero la realidad era que Cristina Falcón le había hecho un favor. No podía simplemente desentenderse.
Después de unos instantes, Erika cambió de tema:
—¿Se ha comunicado contigo Lorena Jiménez?
Valerio negó con la cabeza y apartó una silla para sentarse.
—¿Por qué preguntas por ella tan de repente? ¿Quieres saber algo sobre el collar?
Erika se sorprendió por un segundo. ¿Desde cuándo sabía conversar de esa manera?
Evitó por completo los temas que a ella le irritaban, como insinuar que estaba celosa o compitiendo por él.
—Sí, me gustaría saber la diferencia entre ella y yo —respondió ella con tono neutro.
Valerio frunció el ceño.
—¿Descubriste algo?

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