Y, para mucha gente, la moralidad no vale nada frente a un buen fajo de billetes.
Aguantándose el ardor en el cuello, apartó el bisturí lentamente.
Apoyó una mano en el borde de la camilla y les dijo con un tono apagado:
—Si hoy dejan vivir a mis hijos, Dios se los pagará. A partir de ahora ustedes son mis salvadores, y el día de mañana, les juro que vendré con ellos para agradecérselos en persona.
A mitad de la frase, la voz se le quebró por completo.
Sabía que esas palabras quizás no cambiarían las cosas, pero se aferraba a la esperanza de conmoverlos, de despertarles algo de ética profesional.
Al ver que el grupo se quedaba en su lugar con expresión de prudencia, empezó a relajar un poco sus defensas.
La doctora de antes volvió a hablar con cautela:
—Trata de no alterarte, ese nivel de estrés le hace daño al embarazo. Siéntate ahí en la silla a descansar. Voy a acercarme para limpiarte la herida, ¿te parece?
Erika negó con la cabeza al instante. Tomó un pedazo de gasa de una bandeja metálica y se lo presionó suavemente contra la herida del cuello.
Y así se quedaron. Los médicos en los pies de la camilla, y Erika sentada en una silla cerca de la cabecera.
Mantuvieron esa extraña tregua hasta que transcurrió el tiempo que hubiera durado la intervención. Entonces, ella les hizo una seña para que apagaran las luces y abrieran la puerta.
Fue justo en el instante en que el reflector principal se apagó cuando el alma le volvió al cuerpo.
Un par de lágrimas hirvientes le escurrieron por las mejillas.
Se acarició el vientre y murmuró con la voz rota:
—Mis bebés... al menos esta vez pude protegerlos.
Antes de quitarle el seguro a la puerta, la misma doctora de mediana edad le recomendó en voz baja:
—No sabemos si el señor Ramírez vaya a pasar a verte. Mejor acuéstate en la camilla y finge que apenas terminamos la intervención.
Erika levantó el rostro empapado en llanto. Se quedó congelada por unos segundos y, empuñando aún el bisturí, se recostó en la mesa de operaciones.
Cuando la doctora se acercó a cubrirla con una sábana, Erika no dejó de mirarla con sospecha.
Sin embargo, al comprobar que la mujer actuaba de buena fe, se quitó lentamente la pulsera que llevaba en la muñeca y se la ofreció.
—Esto me lo regaló el abuelo Ireneo. Guárdela. Si Valerio les quiere armar un problema por esto, enséñensela y los dejará en paz.


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