—Si te digo que vayas, ve —respondió Penélope con fastidio.
En ese preciso instante, sonaron golpes en la puerta.
Un grupo de oficiales de policía, con rostros inexpresivos, estaba de pie en el umbral. A Joaquín casi se le sale el corazón del pecho; en el fondo, sabía que el mundo se le venía encima.
Detrás de ellos entraron Valerio y Leonardo.
Cuando los oficiales leyeron los cargos, Penélope estalló en un llanto desgarrador.
Valerio y Leonardo habían ido con la intención de descargar toda su ira, pero al ver el estado esquelético y moribundo de Penélope, decidieron guardarse las palabras. Pensaron que, al final, aquello era el castigo que se merecía.
Sin embargo, Penélope, arrastrándose desde la cama, le suplicó a Valerio.
—Por favor, que Erika venga a verme... Fui una mala madre con ella, quiero pedirle perdón en persona.
Valerio se limitó a mirarla con desprecio glacial, sin emitir un solo sonido.
Por su parte, Leonardo escupió las palabras con asco.
—Vieja maldita. ¿Tienes idea de a cuántas personas les arruinaste la vida por tu maldita avaricia? ¿Pedir perdón? Mi hermana cayó en tus garras y sufrió todo tipo de humillaciones. ¡Lo menos que mereces es que te arranque la cabeza con mis propias manos!
Penélope lloraba a mares.
—Hice mal, lo sé, pero al menos le di un techo y la crie. Cuando se empeñó en ir a la universidad, se lo pagué. Era la mayor, ¿qué tiene de malo que ayudara con los quehaceres? Y si alguna vez le pegué, dime qué padres no reprenden a sus hijos. Quizás no fui la mejor madre, pero me sacrifiqué por ella.
Leonardo soltó una carcajada cargada de furia.
—¡Cállate la boca! Mírate. Si no te pudres en la cárcel, te vas a ir directo al infierno, y muy pronto. ¡Esto es el karma cobrándote todo lo que hiciste! Olvídate de ver a Erika, ni en tu lecho de muerte vas a tener ese privilegio.
Penélope lanzó un alarido de desesperación. Joaquín, que ya estaba de rodillas, se unió a los lamentos.
—Sé que cometimos errores imperdonables, pero por piedad, ya no le digan esas cosas. Penélope no va a aguantar otro disgusto. Si ya saben toda la verdad, se los ruego, díganme dónde está mi verdadera hija... se los suplico.
Leonardo lo ignoró por completo. Valerio le lanzó una última mirada de desprecio y salió de la casa.
Unos segundos después, Leonardo fue tras él.
—Te lo advierto: si no encuentras a Lorena y le pones punto final a este asunto, Erika jamás te va a dirigir la palabra. El desastre en el que están metidos fue tu culpa desde el principio. Te salvó la vida, de acuerdo, pero pudiste haberle pagado con dinero y listo. ¿Qué necesidad tenías de seguirle el juego a esa loca?
Valerio entrecerró los ojos, mirándolo con frialdad absoluta.
—En ese momento creí que Erika me había traicionado, y usé a esa mujer para darle celos.
Tras decir eso, Valerio dio media vuelta y se marchó a paso firme.
...
Esa misma noche.
Erika se enteró del arresto de Joaquín y Penélope. No sintió alegría ni alivio, pero tampoco sintió la más mínima pena por ellos.
Lo que sí le inquietaba era que Lorena seguía sin aparecer. Había intentado sacarle información a Marcos Jiménez, pero él le confesó que Lorena había desaparecido hacía tiempo y que todos los años que invirtió criándola habían sido tirados a la basura.
Según las cuentas de Marcos, Lorena debió haber escuchado una conversación entre él y Jimena, descubriendo la verdad sobre su adopción, y decidió huir. Además, al irse, se llevó todos sus documentos personales.

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