Al escuchar a Martina, a Erika también le pareció que las piezas encajaban. Salió tras ella, llamaron a Leonardo a un lado y le compartieron sus sospechas.
Leonardo las escuchó con atención y coincidió en que la teoría tenía mucho sentido.
Se despidió brevemente de los presentes y salió disparado hacia la comisaría.
Erika paseó la mirada por la inmensa sala de estar. Benjamín y Liliana estaban jugando con los niños, mientras que Adrián permanecía sentado en un rincón, con el semblante ensombrecido.
Justo cuando ella iba a apartar la vista, Adrián cruzó su mirada con la de ella. Se puso de pie y se acercó con pasos decididos.
—Martina, ve a hacerles compañía. Necesito hablar a solas con Eri.
—De acuerdo —asintió Martina, y se dirigió hacia donde estaban los pequeños.
Erika habló con lentitud:
—Vamos... vamos al balcón.
Ella preparó dos tazas de café y las llevó al balcón. Las dejó sobre la mesa redonda y le hizo un gesto a Adrián para que se sentara.
—Adrián, estoy bien. Solo tenemos que esperar a que se aclare todo esto.
Adrián la observó con evidente cansancio. Podía notar a leguas que Erika no había pegado el ojo en toda la noche; de lo contrario, no luciría tan demacrada, con los ojos inyectados en sangre.
Guardó silencio por un momento y, sin previo aviso, extendió el brazo sobre la mesa y le tomó la mano.
Erika dio un respingo ante el contacto repentino e intentó soltarse, pero Adrián la sujetó con firmeza.
Con voz ronca, le suplicó:
—Eri... escúchame primero.
—Adrián, suéltame, por favor. Si nos ven, no sabré cómo explicarlo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón