Al notar que la expresión de Erika flaqueaba, Adrián se apresuró a insistir:
—Eri, sé que no sientes amor romántico por mí. Haciendo eso a un lado, te propongo esto únicamente por el bienestar de los niños. Yo los he visto crecer, no soporto la idea de verlos llorar ni sufrir. Ahora mismo, esta es la salida más lógica, ¿no lo crees?
Erika lo observó en silencio. Muy en el fondo sabía que justificar semejante sacrificio diciendo que "era por los niños" resultaba demasiado forzado.
Si se tratara de cualquier otra persona, quizá estaría dispuesta a deberle un favor de esa magnitud. Pero con Adrián era imposible. Aceptar su oferta equivaldría a aceptar estar con él de forma indirecta.
Tras reflexionar unos segundos, lo rechazó con una calma inquebrantable:
—Adrián, te agradezco la intención desde el fondo de mi corazón, lo valoro mucho. Pero no puedo aceptarlo. Es mi problema y soy yo quien debe solucionarlo. Además, tanto tú como Martina y mi hermano ya están moviendo cielo y tierra para ayudarme. Ni siquiera me guardas rencor por haberte engañado haciéndote creer que mi hermano era mi novio, yo ya...
—Eri... —la interrumpió, ansioso por argumentar algo más.
Pero ella le cortó la palabra con rapidez:
—Adrián, ya tomé una decisión. De verdad, no puedo permitir que te sacrifiques así. Encontraremos otra manera de arreglar todo esto.
Adrián la contempló con los ojos enrojecidos por la frustración. Se puso de pie con lentitud y soltó con amargura:
—Eri, si te niegas tan rotundamente no es porque temas deberme un favor... Es porque aún lo llevas en el corazón a él, ¿verdad?
Erika negó con la cabeza.
—Adrián, estás imaginando cosas.
—No estoy imaginando nada. A veces uno mismo no ve su propia verdad, pero desde afuera yo lo tengo clarísimo.
Dicho esto, Adrián abandonó el balcón. Erika siguió su figura con la mirada, viéndolo despedirse de sus padres y de Martina antes de caminar hacia la salida.
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