Sumergida en ese pozo de angustia, la pantalla se iluminó de golpe con el nombre de Valerio.
Erika dejó su dedo índice temblando sobre el ícono verde. El pánico la inmovilizó. Temía contestar y escuchar que exigía la custodia de sus hijos, o peor aún, que la citaba en la corte para arrancarles todo de las manos.
El timbre del celular resonó hasta que la línea se cortó por inactividad. Segundos después, volvió a sonar con urgencia. Y de nuevo, ella optó por la parálisis.
Tras la segunda llamada fallida, un mensaje de texto vibró en la pantalla:
"Eri. Abre la puerta. Estoy parado frente a tu casa".
Un sudor frío le recorrió la espina dorsal. ¡¿Acaso el muy descarado venía directamente a arrebatarle a sus bebés?!
Con los dedos tropezándose, tecleó una respuesta desesperada: "No estoy en la casa".
La mentira apenas había sido enviada cuando el timbre de la casa estalló. Erika empezó a dar vueltas en círculos por la sala, y el pánico estalló al escuchar los pasos rápidos de Greta hacia la puerta principal.
¡Los niños! ¡Sus bebés estaban en el cuarto de juegos!
Salió disparada de la sala, atravesó el pasillo a zancadas hasta el cuarto de juegos, entró derrapando y echó el cerrojo por dentro con manos temblorosas.
Esa escena de histeria total fue presenciada por Valerio justo cuando daba sus primeros pasos hacia el interior del hogar.
Él reconocía a la perfección esa habitación. La manera en que ella había corrido a atrincherarse le dijo a gritos el pánico que la consumía.
Con un suspiro de infinita impotencia, se dirigió a Greta:
—Hágale el favor de informarle a la señorita Milán que la esperaré pacientemente en su estudio.
—Enseguida, señor —asintió Greta. Corrió a golpear la puerta del cuarto de juegos y transmitió el mensaje. Al final, venciendo el terror, Erika abrió la puerta.
Avanzó hacia el estudio como si caminara hacia el cadalso.
La puerta estaba abierta y Valerio ya ocupaba el sofá de la biblioteca.
Al decir esto, apretó ligeramente su agarre.
—Eri, fui un maldito imbécil por dudar de ti. Es cierto que hubo mano negra que alteró la evidencia en el pasado, pero mi mayor pecado fue no entregarte la confianza absoluta que merecías. Asumo toda la culpa de la tragedia. Te ruego, vamos a darnos una segunda oportunidad.
Erika no pronunció palabra. Todo parecía sacado de una pesadilla sin fin. Por más que intentara huir al fin del mundo, el destino siempre la arrastraba de regreso a sus brazos.
En medio del pesado silencio, Valerio hizo una propuesta letal:
—Mañana organizaremos una cena en la mansión. Solo en familia, ¿sí? El abuelo se muere de ganas por verte...
Erika lo miró fijo a los ojos, diseccionando el verdadero peso de esa invitación. Las piezas encajaban con precisión: el patriarca, Ireneo, estaba en la ciudad y ya sabía absolutamente todo. Eso, sumado a las histéricas llamadas perdidas de Silvia...
Después de unir todos los puntos, Erika se deshizo de su agarre con un movimiento frío y asestó su veredicto con voz gélida:
—Fue tu familia, ¿verdad? Tu abuelo, tus padres... todos ellos están desesperados por adueñarse de los niños. Y por eso viniste corriendo a recitarme este guion barato, ¿me equivoco?

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