—Mi pequeña Alma se asustó con el auto, ¿verdad? Ya pasó, no tengas miedo.
Alma dijo entre sollozos:
—Pero, papá, estás herido, tienes que ir al hospital.
—Papá está bien. Con curarlo un poco será suficiente.
Thiago, desde abajo, tiró de la ropa de Valerio y dijo:
—Papá, en la casa tenemos botiquín. Mami sabe curar heridas, sabe usar remedios caseros.
Erika guardaba silencio mientras escuchaba el intercambio entre ellos. En su mirada esquiva aún se notaba el susto reciente, y su rostro estaba pálido.
De repente, la conversación se detuvo. Erika los miró y notó que los tres la observaban fijamente. Solo entonces comprendió que estaban esperando su aprobación.
Recordó la sangre en la manga; tal vez solo eran raspaduras de haber rodado por el suelo, nada grave.
Estuvo a punto de negarse, cuando Alma habló desde sus brazos:
—Mami, ¿por qué no quieres a papá? Ni siquiera te importa que esté lastimado. Antes, siempre ayudabas a cualquier persona si se lastimaba, y papá me acaba de salvar.
—Sí, es cierto —secundaron los otros dos pequeños desde el suelo.
Reprimiendo su disgusto, Erika forzó una sonrisa y dijo:
—Mami no dijo que no iba a ayudar. Vamos, subamos.
Dicho esto, le lanzó a Valerio una mirada gélida y les indicó a los niños que caminaran por delante. Ella los seguía con Alma en brazos.
Ante los insistentes llamados de los niños, Valerio no tuvo más remedio que ir detrás de ellos.
Al entrar, Greta y Juana ya tenían lista la cena. Greta llevó a los niños a lavarse las manos, mientras Juana servía los platos en la mesa.
Con voz helada, Erika ordenó:
—Espera aquí, iré por el botiquín.
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