¡No competía, no exigía, solo quería que ella le entregara a los niños por voluntad propia!
Erika tuvo ganas de acelerar para perderlo de vista, pero pensando en los pequeños, se contuvo.
Cuando llegó al estacionamiento del edificio, detuvo el auto y corrió a la parte trasera para abrir la puerta.
Primero bajó a Alma, que estaba sentada junto a la puerta, y luego se dio la vuelta para desabrochar los cinturones de los otros dos niños.
Apenas había terminado y se preparaba para bajarlos cuando escuchó un frenazo ensordecedor a sus espaldas.
Aterrorizada, se dio cuenta de que Alma ya no estaba a su lado. El corazón le dio un vuelco:
—¡Quédense en el auto!
Gritó a los niños y salió corriendo como loca hacia la parte delantera del vehículo que se había detenido en el carril.
Vio a Valerio levantándose del suelo con Alma en brazos, mientras el conductor del auto bajaba muy asustado pidiendo disculpas.
—¡Mami, mami! —Alma lloraba a gritos.
Erika corrió hacia ella, la tomó en brazos y la revisó de pies a cabeza para asegurarse de que no estuviera herida.
—Ella está bien, no te preocupes —dijo Valerio, con el ceño fruncido, haciendo un esfuerzo por hablar.
—Mami, papá está lastimado —dijo Alma, secándose las lágrimas y señalando a Valerio.
Erika lo miró de reojo. Tenía la frente perlada de sudor, aparentemente a causa del dolor.
Pero no pronunció ninguna palabra de preocupación; en su lugar, le reclamó:
—Tú estabas al otro lado, Alma te vio y por eso corrió hacia ti, ¿verdad?
Valerio frunció el ceño. Antes de que pudiera responder, Alma dijo sollozando:
—No, mami. Mi pelotita se escapó, corrí a buscarla y papá me salvó. Mami, lo siento...
La pequeña bajó la cabeza después de hablar, pero con los ojos llenos de lágrimas miró a Valerio y le guiñó un ojo.
Valerio se frotó el brazo dolorido, conteniendo una sonrisa. La pequeña era bastante lista, sabía cómo ayudarlo.



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