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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 69

—Te llamas Carla, ¿verdad? Te la voy a pasar esta vez, pero a la próxima, te aseguro que voy a hacer que las amenazas de Vanesa se queden cortas. Ah, y otra cosa, Erika no es alguien con quien te convenga meterte.

Carla se secó las lágrimas. Al ver la cara de pocos amigos del guapo muchacho y escuchar ese tono helado en su voz, no pudo evitar ponerse a temblar.

Se apresuró a contestar, muy sumisa:

—Sí, señor. Ya entendí y se lo prometo. Para compensar mi error, quiero redimirme. Voy a seguir siguiéndole la corriente a Vanesa, y si me manda a hacer algo, o a alguien más, yo mismita le voy a avisar a Erika luego luego.

Al ver que Adrián había terminado, Carla volteó hacia Erika:

—Erika, tú ve cómo me porto de aquí en adelante y ya decides si me perdonas. De verdad yo nomás quiero hacer bien mi chamba, agarrar experiencia y poder quedarme en la ciudad. Ya escuché a la chava de al lado platicar lo de tu currículum, aquí todas te admiran un buen, y yo también...

—Bueno, te creo que nunca fue tu intención hacer daño, y estás a tiempo de corregir el rumbo. Ya es noche, deja te llevamos a tu casa.

Erika la interrumpió suavemente y le hizo una seña para que se subiera al carro.

Carla se limpió las últimas lágrimas y asintió, todavía medio mormada:

—Sí, Erika, muchas gracias.

Cuando llegaron al cuarto que rentaba Carla, Erika vio que era una vecindad de bajos recursos, de esas que se ve a leguas que tienen baños y cocinas compartidos. Frunció el ceño y preguntó:

—¿Vives aquí tú sola? ¿Es seguro?

Carla se fue bajando del carro y le contestó:

—No pasa nada. Casi siempre llego directo a encerrarme después del trabajo. Con el sueldo que traigo, la verdad es que ya es mucha ganancia poder pagar aquí.

Dicho eso, Carla hizo una leve inclinación con la cabeza y dijo con cortesía:

—Gracias, Erika. Gracias, señor.

—Ya métete, nos vemos mañana en la oficina.

Y ella, Erika, de no haber tenido a su amiga Marti, seguro ni para pagar un cuartito ahí le hubiera alcanzado.

—¿Eri?

Adrián tuvo que hablarle de nuevo para sacarla de su viaje. Ella asintió:

—Sí, ya sé. Ahorita, aparte de ti y de Marti, de quien sea que se me cruce voy a estar desconfiando.

Con tal de proteger a sus bebés, ya se había animado a armar aquel teatrito del suicidio en el hospital y había tenido el valor de enfrentarse a la actitud prepotente de Valerio.

Cuidarse de extraños y compañeros de trabajo, a estas alturas, era pan comido.

Mientras decía eso, se sobó la pancita y dijo en un susurro:

—Con tal de que crezcan sanos, soy capaz de todo.

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