—Te llamas Carla, ¿verdad? Te la voy a pasar esta vez, pero a la próxima, te aseguro que voy a hacer que las amenazas de Vanesa se queden cortas. Ah, y otra cosa, Erika no es alguien con quien te convenga meterte.
Carla se secó las lágrimas. Al ver la cara de pocos amigos del guapo muchacho y escuchar ese tono helado en su voz, no pudo evitar ponerse a temblar.
Se apresuró a contestar, muy sumisa:
—Sí, señor. Ya entendí y se lo prometo. Para compensar mi error, quiero redimirme. Voy a seguir siguiéndole la corriente a Vanesa, y si me manda a hacer algo, o a alguien más, yo mismita le voy a avisar a Erika luego luego.
Al ver que Adrián había terminado, Carla volteó hacia Erika:
—Erika, tú ve cómo me porto de aquí en adelante y ya decides si me perdonas. De verdad yo nomás quiero hacer bien mi chamba, agarrar experiencia y poder quedarme en la ciudad. Ya escuché a la chava de al lado platicar lo de tu currículum, aquí todas te admiran un buen, y yo también...
—Bueno, te creo que nunca fue tu intención hacer daño, y estás a tiempo de corregir el rumbo. Ya es noche, deja te llevamos a tu casa.
Erika la interrumpió suavemente y le hizo una seña para que se subiera al carro.
Carla se limpió las últimas lágrimas y asintió, todavía medio mormada:
—Sí, Erika, muchas gracias.
Cuando llegaron al cuarto que rentaba Carla, Erika vio que era una vecindad de bajos recursos, de esas que se ve a leguas que tienen baños y cocinas compartidos. Frunció el ceño y preguntó:
—¿Vives aquí tú sola? ¿Es seguro?
Carla se fue bajando del carro y le contestó:
—No pasa nada. Casi siempre llego directo a encerrarme después del trabajo. Con el sueldo que traigo, la verdad es que ya es mucha ganancia poder pagar aquí.
Dicho eso, Carla hizo una leve inclinación con la cabeza y dijo con cortesía:
—Gracias, Erika. Gracias, señor.
—Ya métete, nos vemos mañana en la oficina.
Y ella, Erika, de no haber tenido a su amiga Marti, seguro ni para pagar un cuartito ahí le hubiera alcanzado.
—¿Eri?
Adrián tuvo que hablarle de nuevo para sacarla de su viaje. Ella asintió:
—Sí, ya sé. Ahorita, aparte de ti y de Marti, de quien sea que se me cruce voy a estar desconfiando.
Con tal de proteger a sus bebés, ya se había animado a armar aquel teatrito del suicidio en el hospital y había tenido el valor de enfrentarse a la actitud prepotente de Valerio.
Cuidarse de extraños y compañeros de trabajo, a estas alturas, era pan comido.
Mientras decía eso, se sobó la pancita y dijo en un susurro:
—Con tal de que crezcan sanos, soy capaz de todo.

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