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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 410

Apenas llevaban la mitad de la canción cuando un hombre se detuvo junto a ellas:

—Majestuosas damas, ¿me concederían el honor de esta pieza?

El hombre, que parecía rondar los cincuenta años, lucía una sonrisa de oreja a oreja y una mirada cargada de un fervor innegable.

Mientras hablaba, hizo una ligera reverencia, ofreciendo su mano en un gesto pretendidamente elegante.

Martina, al notar que Erika no tenía la más mínima intención de hacerle caso, no tardó en esbozar una sonrisa burlona y, con un tono cargado de sarcasmo, respondió:

—Vaya, señor. Teniéndonos a las dos enfrente, ¿exactamente a quién está invitando?

El hombre, sorprendido por la respuesta tan cortante, mostró una expresión de incomodidad. Antes de que pudiera articular palabra, Martina arremetió de nuevo:

—Tenga cuidado, porque puede meterse en problemas. Verá, si invita a mi amiga, ¿dónde queda mi orgullo? Y si me invita a mí, pues yo no voy a dejar sola a mi querida hermana.

El hombre: "..."

Totalmente humillado y sin saber qué decir, el sujeto se tragó sus palabras y se retiró con el rabo entre las piernas.

Al ver su figura corpulenta y sin rastro de cintura alejarse, Martina soltó una carcajada.

Erika le dio un suave pellizco:

—Qué mala eres, no tienes miedo de buscarte problemas.

Martina levantó un poco la barbilla, con un brillo astuto en los ojos:

—¿Crees que no me di cuenta? Ese viejo verde es de la misma calaña que el infeliz de Martín Falcón. Si no me crees, obsérvalo cuando baile con otra mujer y verás cómo empieza a meter mano. Con esa cara de baboso que traía, es obvio que se había fijado en ti.

Erika sonrió levemente y no dijo más. Ambas continuaron disfrutando de su baile, moviéndose al ritmo de la música con total despreocupación.

....................

Al ver que el rostro de Valerio permanecía inescrutable, Diego continuó:

—¿Quiere que le deje claro al señor Ríos la relación que hay entre usted y la señorita Milán?

Valerio no se apresuró a contestar. Su mirada penetrante cruzaba la multitud, fijándose intensamente en Erika, que bailaba en la pista.

Bajo el juego de luces multicolores que creaban una atmósfera de ensueño, su figura era tan flexible y resistente como un sauce al viento.

Sus movimientos eran ligeros y ágiles; cada uno de sus pasos marcaba el ritmo de la música a la perfección.

Su rostro exquisito lucía una sonrisa sutil y, con el mentón levemente erguido, irradiaba un aura de seguridad y elegancia inigualable.

Mientras bailaba, parecía una flor exótica floreciendo en medio de la noche, absolutamente cautivadora, eclipsando sin esfuerzo a cualquier celebridad de primera categoría.

Era tan magnética que, incluso en medio del bullicio de aquel majestuoso salón, todo a su alrededor parecía perder su brillo.

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