Carla bajó la cabeza poco a poco y dijo en tono de queja:
—Erika, hay cosas que no sabes. Yo soy de un pueblito, y no me fue nada fácil pasar el examen para entrar a la universidad aquí en la ciudad. Al graduarme, mi tirada era quedarme a trabajar aquí. Sin contactos ni palancas, me costó sangre entrar a este estudio, y aunque tengo el puesto de becaria, en realidad la hago de asistente de Vanesa. Por más que me he roto el lomo trabajando, no me esperaba que el ambiente laboral fuera tan pesado y diferente a lo que yo creía. Me siento atada de manos...
Erika vio la carita todavía inexperta de Carla, además de las lágrimas de impotencia que ya se le asomaban.
Dejó escapar un suspiro suavecito, y Carla continuó:
—Erika, igual y no me vas a creer, pero te lo juro que todo es verdad. Lo de grabar las conversaciones me lo enseñó un compañero de la escuela. Él me dijo que hay de todo en los trabajos y que tener la costumbre de grabar me iba a servir para cuidarme las espaldas.
Apenas terminó de hablar, Adrián, que había estado callado todo el rato, jaló a Erika a un lado y le dijo en voz baja:
—Eri, aunque el audio suene muy convincente, caras vemos, corazones no sabemos. No la pongas en un altar tampoco, tienes que mantenerte firme.
Erika parpadeó y lo miró:
—Sí, ya sé.
Adrián soltó una risa irónica:
—¿Qué vas a saber? Ahorita te vi y traías pura lástima en los ojos. Eri, en esto del trabajo tienes que empezar pensando mal de la gente que vas conociendo, debes estar a la defensiva siempre. Yo sé que suena muy extremista, pero si es para protegerte, no me importa que lo hagas.
Erika sonrió levemente:
—Ya sé que me lo dices por mi bien. No soy una niña, vamos con ella, no la dejemos esperando tanto rato; al rato va a pensar que estamos tramando alguna maldad y la vamos a asustar más a la pobre.
Dicho eso, Erika se dio la vuelta para caminar hacia Carla, pero de pronto sintió que Adrián le dio unas suaves palmadas en la nuca. Luego, lo escuchó decir:

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