Las personas que pasaban haciendo ejercicio matutino la sacaron de su ensimismamiento. Revisó la hora rápidamente; ya eran las siete y media de la mañana.
Erika llamó a Greta y se enteró de que estaban dándoles el desayuno a los niños y que pronto los llevarían al preescolar.
Cuando Greta le preguntó por qué había salido tan temprano, Erika solo pudo murmurar una excusa vaga sobre unos trámites que debía hacer.
Al colgar, Erika se quedó sentada en la banca, con la mirada perdida.
Todo había pasado demasiado rápido, y simplemente no podía asimilarlo.
Al recordar las marcas en el cuerpo de él, sintió que ella era... una salvaje.
En ese momento, el tono de su celular volvió a sonar. ¡Era Martina!
Erika respiró hondo un par de veces y contestó. Antes de que pudiera decir una palabra, la voz desesperada de Martina inundó el auricular:
—¡Erika! ¿Estás bien? Anoche tomé hasta perder el conocimiento, me acabo de despertar. Le pregunté a Julián y me dijo que, como estabas tan ebria, ¡¿llamaste a Valerio para que te recogiera?! ¡¿Te hizo algo?!
Erika se quedó sin palabras.
¿Incluso el asistente de Martina decía que ella había hecho la llamada?
Y el registro de llamadas en su teléfono lo confirmaba... ¿Cómo pudo ser capaz de algo así?
¿Acaso era cierto lo que decían? ¿Que cuando guardas a alguien en el fondo de tu corazón y te niegas a aceptarlo, al emborracharte el subconsciente te traiciona y lo buscas?
¡No! ¡Absolutamente no!
Erika apretó el teléfono con nerviosismo y aclaró su garganta para sonar normal:
—Marti... estoy bien, yo...
—¡Erika! —el tono de Martina subió un par de decibeles—. ¡¿Ustedes dos...?! Anoche... ¿Acaso ya...? ¡Ay, todo es culpa mía, Erika! ¡Te he arruinado la vida!
Erika había pensado en contarle la verdad, pero al escuchar a su amiga culparse con tanta angustia, se apresuró a intervenir:
—No, Marti, estás imaginando cosas. No pasó nada.

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