Con los dedos temblando, Amelia sacó el muñeco de la caja, dispuesta a arrancar la nota que llevaba pegada.
Pero en ese preciso instante, alguien tocó la puerta dos veces y la abrió de inmediato.
Amelia se sobresaltó tanto que su mano tembló, y una de las largas agujas clavadas en el muñeco de felpa le perforó el dedo. Por el dolor repentino y como acto reflejo, soltó el muñeco, dejándolo caer al suelo.
La persona que acababa de entrar era Erika.
Como Amelia había olvidado su teléfono en la oficina de Erika hace un momento, ella había ido a llevárselo.
Erika vio toda la escena y miró a Amelia con sorpresa:
—¿Qué pasó? ¿Por qué te asustaste tanto? Si siempre entro así a tu oficina.
Intentando ocultar su pánico, Amelia trató de empujar el muñeco con el pie hacia un rincón debajo de su escritorio. Sin embargo, en ese mismo momento, la mirada de Erika ya se había dirigido hacia el objeto en el suelo.
Amelia se movió rápidamente para bloquearle la vista, le agarró la mano y fingió dolor:
—Erika, me acabo de pinchar con la aguja de la etiqueta del peluche... Me duele mucho, por favor, ve a buscar el botiquín para curarme.
Erika notó que Amelia tenía sangre en varios dedos y la tranquilizó de inmediato:
—Tranquila, voy ahora mismo.
Tomó unos pañuelos de papel del escritorio, envolvió la mano de Amelia y se dio la vuelta para salir.
Pero algo no le cuadraba. Amelia estaba pálida como un fantasma y su expresión era de puro terror, como si algo muy grave hubiera pasado.
Con esa duda en mente, Erika volteó a mirarla una vez más. Justo en ese momento, sorprendió a Amelia pateando el muñeco.
Hasta ahí, podría haber parecido normal: se pinchó, le dolió y pateó el objeto por coraje; ese tipo de cosas encajaban con la personalidad de Amelia. Pero lo que la alarmó fue que, al darse cuenta de que Erika la estaba mirando, la expresión de Amelia se volvió aún más aterrorizada.
Con el ceño fruncido, Erika regresó sobre sus pasos:

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