Erika sintió una profunda impotencia. Organizó rápidamente sus ideas y le explicó:
—Hubo un error en el área de impresión. Intercambiaron los nombres en mi proyecto y en el de Vanesa, eso es todo.
Valerio frunció el ceño y preguntó, con escepticismo:
—¿Entonces por qué tienes este documento en tus manos?
Erika dudó un segundo y respondió con indiferencia:
—Sus fotos quedaron muy bien esta vez, así que lo guardé para estudiarlo.
Después de escucharla, Valerio no siguió cuestionándola.
De pronto, a Erika se le ocurrió algo: ¿por qué no le había sorprendido verla entrar a Estudio Lumina?
Cuando fue a la entrevista en Estudio Blanco, ¿acaso no había sido él quien mandó a Diego para arruinarlo?
¿Será que solo quería evitar que entrara a Estudio Blanco y no dejarla literalmente en la calle?
Aprovechando la oportunidad para cambiar de tema, Erika le soltó directamente:
—Valerio, cuando fui a la entrevista en Estudio Blanco y estaba a punto de quedarme con el puesto, ¿fuiste tú quien le ordenó a Diego que llamara al reclutador para que me rechazaran? La verdad, no pensé que fueras tan malvado. Después de casarme contigo, dejé la industria por dos años, y ahora que quiero ser independiente, me bloqueas las oportunidades para ganarme la vida. ¿De verdad eres un hombre? ¿Siquiera tienes corazón?
Valerio se quedó desconcertado. Reprimió las emociones que aún lo revolvían por lo que ella había dicho antes y, tras tranquilizarse un poco, le contestó:
—¿Por qué querría impedirte trabajar? Al irte de la familia Ramírez, te di dinero, propiedades y acciones. Con cualquiera de esas cosas tendrías suficiente para vivir toda tu vida. ¿Qué necesidad tendría de cortarte las alas en el trabajo para dejarte en la calle?
Erika no notó ningún rastro de mentira en su rostro, pero siguió presionando:
—¿Entonces por qué esa persona se apellidaba Álvarez? Es cierto que hay muchos Álvarez en esta ciudad, pero alguien con el poder de darle órdenes a Estudio Blanco con una sola llamada y, encima, de pedir expresamente que no me contrataran a mí... Si unes los puntos, ¿quién más podría ser si no actuaba bajo tus órdenes?
Valerio se frotó el puente de la nariz con evidente fastidio.
Le lanzó una mirada rápida a Erika antes de sacar una cajetilla de cigarros y un encendedor del bolsillo.
Justo cuando sacó un cigarro, y antes de que se lo llevara a los labios, Erika arregló apresuradamente la correa de su bolso y le dijo con frialdad:
—Si no lo quieres admitir, allá tú. Aquí la dejamos. No te vuelvas a aparecer frente a mí. Si tienes buena memoria, recordarás que en el hospital ya te lo había dejado claro: ¡Valerio, para mí estás muerto!


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