Pero ahora, ella ya no era la misma Erika de antes.
Ya no quería verlo, y mucho menos someter a sus bebés a ese olor.
El silencio volvió a reinar por un momento, hasta que Erika repitió:
—¿Se le ofrece algo más?
Su tono rebosaba distancia e indiferencia, dejando clarísimo que no tenía ni la más mínima intención de platicar con él.
Valerio guardó el cigarro lentamente, la miró con los ojos apagados y, tras mover los labios un par de veces, logró articular:
—¿Alguna vez me amaste?
Erika se quedó en silencio, sin saber qué responder. Aquella pregunta la desconcertó; no entendía por qué le salía con eso ahora.
Creía recordar que ya se lo había preguntado antes, pero ese tipo de preguntas ya no le provocaban nada.
Con la voz completamente plana, Erika respondió:
—No.
Sin molestarse en mirar su reacción y sin esperar a que contestara, soltó de golpe:
—Eres capaz de matar a tus propios hijos. ¿De verdad crees que alguien como tú tiene el derecho de hablar de amor?
Esas palabras hicieron que Valerio levantara la cabeza de golpe. La sujetó de los hombros al instante, con las manos casi temblorosas:
—¡Erika! ¿Qué acabas de decir? ¿Mis hijos?
Sin embargo, apenas soltó la pregunta, comenzó a reírse poco a poco.
Era una risa que ponía la piel de gallina.
—¿Mis hijos? Erika, ¿cómo te atreves a decir eso sin ponerte una mano en el corazón? ¿Acaso yo me he acostado contigo? ¿Acaso he visto las curvas de tu cuerpo o sé si tu piel es tan suave y blanca como tu cara?
Escuchar semejante barbaridad la dejó petrificada.
Por no hablar de la mirada lasciva con la que él le recorrió el cuerpo mientras hablaba.
¡No lo podía creer! ¡Era imposible que no recordara lo de aquella noche!
Por muy borracho que hubiera estado, no estaba al punto de quedarse inconsciente y sin poder moverse. No había perdido el conocimiento por completo.
Y, para colmo, habían hecho todo lo que tenían que hacer. Como hombre, su cuerpo había reaccionado; ¿cómo no iba a acordarse?
¡Estaba claro que solo se hacía el tonto!
Con un gran esfuerzo, contuvo las lágrimas que amenazaban con caer y le gritó con voz ahogada:
—¡Valerio, eres un verdadero cabrón! ¿Que no te acuerdas? ¡Pues ve y pregúntale a María si te acostaste conmigo o no!
Nada más soltar esas palabras, y cuidando de no lastimarse el vientre, le dio un empujón fuerte.
Estuvo a punto de irse, pero se detuvo en seco, lo señaló a la cara con el dedo y advirtió:
—Si te atreves a volver a cerrarme el paso, ¡voy a filtrar a las noticias que estuviste casado, que te divorciaste y que mataste a tus propios hijos, hasta arruinar tu reputación por completo!
Tras escupir aquellas palabras cargadas de furia y desprecio, Erika dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.
Esta vez, Valerio no la detuvo.
Con los dedos ligeramente temblorosos, sacó de nuevo un cigarro de la cajetilla y lo encendió.
Todos sus movimientos parecían pesarle toneladas.
Al prender el cigarro, el destello del fuego iluminó su rostro cansado.
Clavó la mirada en la espalda obstinada de Erika, le dio una calada profunda y, mientras el humo se disipaba, sus ojos se llenaron de emociones incomprensibles.

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