Diego frunció el ceño con impotencia. Agarró la libreta, le tomó la foto a la dirección con su celular y le respondió en tono seco:
—Cuando a él se le mete algo en la cabeza, no hay poder humano que lo detenga. Ya déjelo ser.
Con la dirección lista, Diego regresó a toda prisa a la sala principal y le pasó el reporte a Valerio:
—Señor Ramírez, ya le envié la ubicación a su celular. El detalle es que el mayordomo comenta que llegar a la casa de María va a estar medio complicado.
Valerio sacó su teléfono y deslizó el dedo por la pantalla para checar la dirección, ignorando por completo la advertencia de Diego. Tras unos segundos en silencio, dictaminó:
—Cancela todos mis pendientes. Salimos ahorita mismo.
Al escuchar eso, a Diego se le descompuso el semblante. Frunció el ceño y le informó con tacto:
—Pero, señor Ramírez, los asuntos de estos días son de vital importancia. El Grupo lo necesita.
Valerio se puso de pie restándole importancia, y mientras caminaba hacia la puerta, le devolvió la pregunta:
—A ver, dime, ¿qué día no me necesita el Grupo?
Dicho esto, le lanzó una mirada fulminante y continuó su camino hacia la salida.
—Llama a un chofer para que maneje; tú te vas a encargar de los asuntos de la empresa en el trayecto —ordenó sin siquiera voltear a verlo.
—Sí, señor Ramírez.
Diego no tuvo tiempo de pensarlo ni mucho menos de replicar. Solo le quedó echarse a correr para alcanzarlo mientras respondía.
***
***
Tres días después.
Hasta entonces, Erika comenzó a sentir que su cuerpo y su mente daban tregua; el cansancio cedió un poco y la opresión en su pecho se aligeró.
Durante esos tres días, Martina no puso un pie en la calle para poder cuidarla.
Erika disimuló su dolor asegurándole a su amiga que el malestar se debía al embarazo, y le platicó por encima del berrinche que Penélope le había armado en plena calle, guardándose en absoluto el detalle de que se había topado con Valerio.


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