La cara de Tania era un poema. Abrió la boca para justificarse, pero no le salió ni una sola sílaba.
—No te alteres, mamá. Hay más —dijo Valerio con pasmosa tranquilidad.
El video continuó; la escena cambió y ahora mostraba a Tania entrando de lo más cariñosa a una villa en las afueras, abrazada de Camilo Ríos.
Ambos reían y bromeaban en una actitud sumamente íntima. Se veía claramente cómo se abrazaban e incluso se daban un beso.
Los ojos de Silvia destilaban incredulidad y furia. Se levantó de un salto, señalando a Tania, temblando de coraje.
—¡Tania, tú...! ¡Tanto que confiaba en ti! Pensé que eras una buena muchacha, ¡y resulta que eres esto!
Tania ya había perdido la cabeza por el pánico. Sus lágrimas brotaron a mares y se tiró al suelo, abrazándose a las piernas de Silvia mientras lloraba desconsolada:
—¡Señora Ramírez, perdóneme! Sé que cometí un error. ¡Camilo me obligó, fue ese maldito quien me amenazó! Me dijo que solo le tomara unas fotos a unos papeles y que no pasaría nada. Yo... Señora Ramírez, se lo suplico, perdóneme, fue solo un momento de estupidez.
Jamás en la vida se habría imaginado que Valerio ya lo sabía todo. ¡Y menos que el video estuviera grabado desde tantos ángulos distintos! Era obvio que su oficina estaba plagada de cámaras ocultas.
El día de la pasarela, cuando la actitud de él cambió de repente y la llevó a la oficina... ¡y justo le dejó escuchar dónde guardaría los documentos! ¡Dios, qué imbécil había sido! ¿Cómo no se dio cuenta de que todo era una trampa de Valerio?
Un terror y una desesperación profundas se apoderaron de Tania; sabía que ahora sí estaba acabada. Mientras sollozaba, intentaba espiar la cara de Silvia, rezando por encontrar algún rastro de compasión.

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