Valerio frunció el ceño con fuerza, y el asco en sus ojos se hizo aún más evidente. Su voz se volvió cortante como una navaja:
—Tania Quiroz, parece que no vas a rendirte hasta que tengas la soga al cuello.
Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia su escritorio con pasos largos y firmes, sin la menor vacilación. Agarró un informe y se lo arrojó directamente a la cara de Tania. Las hojas cayeron desparramadas por todo el piso.
—¡Léelo tú misma! —le espetó con furia.
Tania temblaba incontrolablemente, sus manos apenas respondían a sus órdenes, pero se arrastró por el suelo para ir recogiendo los papeles uno por uno.
Silvia también agarró una de las hojas. Al leer el contenido, su rostro perdió todo el color, y sus ojos se desorbitaron de pura estupefacción. Gritó horrorizada:
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que la familia Quiroz está al borde de la bancarrota?!
Silvia, temblando de indignación, le apuntó con el dedo y la reprendió a gritos:
—¡Vaya, Tania Quiroz, qué bien planeado lo tenías! ¡Te aprovechaste de mi confianza para intentar colarte en la familia Ramírez y usarnos como tabla de salvación para rescatar el negocio de tu familia!
Las palabras de Silvia se clavaron en el pecho de Tania. Sabía que había perdido su confianza para siempre. Sus lágrimas no dejaban de brotar y su voz sonaba completamente desgarrada:
—Señora Ramírez, sé que estuvo muy mal. De verdad que estoy arrepentida. Por favor, deme otra oportunidad, le juro que enmendaré mi error.
Silvia la miraba sollozar, pero no sentía ni una pizca de compasión. Retiró la mano de un tirón cuando Tania intentó tocarla y sentenció con frialdad:

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