—¡Tú! —Silvia le apuntó con el dedo, indignada—. ¡Claro! ¡Qué hijo tan devoto me saliste! ¡Ni siquiera he tenido que empezar a llorar, gritar y amenazar con tirarme por la ventana, y ya me estás armando un drama! Si alguien debería arrodillarse suplicando mi bendición para su relación, ¡deberían ser tú y Erika! ¡Y ahora resulta que soy yo la que tiene que ir a rogarle! ¿Quién es la suegra aquí? ¿Ella o yo? ¡No hay derecho!
Valerio escuchó los quejidos de su madre con la cabeza gacha, pero no pudo evitar que las comisuras de sus labios se curvaran hacia arriba.
Conocía a su madre mejor que nadie. Cada vez que empezaba a quejarse de lo injusta que era una situación durante una discusión, significaba que, con un par de palabras dulces más, terminaría cediendo.
Al pensarlo, borró de inmediato su sonrisa oculta y retomó su expresión de gravedad. Se levantó bruscamente, caminó hacia su escritorio, agarró su celular y se dirigió a la puerta sin mirar atrás.
—¡¿Adónde crees que vas?! —Silvia entró en pánico de inmediato. Se puso de pie de un salto y tropezó corriendo detrás de él.
Valerio frunció el ceño, actuando como si tuviera el corazón roto, y contestó con voz apagada:
—Ya te lo dije. Si no quieres ayudarme, iré a ponerme de rodillas frente a ella, a suplicarle que me perdone y se case conmigo.
Dicho esto, dio otro paso hacia la puerta.
—¡Tú! ¡Detente ahí mismo! —Silvia estaba histérica. Corrió para interponerse en su camino, abriendo los brazos en cruz, y le gritó:
—¡¿Acaso un hombre puede ir arrodillándose ante cualquiera?! ¡Las únicas personas frente a las que puedes hincarte somos tu padre, tu abuelo, yo, y para encenderle incienso a tu difunta abuela! ¡Atrévete a arrodillarte ante alguien más y ya verás!
Valerio arrugó la frente.
—Mamá, puedes detenerme hoy, pero, ¿y mañana? ¿Y pasado mañana?
El pecho de Silvia subía y bajaba agitadamente de puro coraje mientras lo fulminaba con la mirada.

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