Silvia lo miraba pasmada, con los labios temblorosos. Tenía mil palabras atoradas en la garganta y, tras un buen rato, apenas logró articular:
—¿Así que por eso le regalaste la Villa Luna Blanca? ¿Una propiedad que vale millones, solo para conquistarla?
Valerio negó con la cabeza lentamente y se puso de pie. Aunque su postura era recta, se percibía en él un dejo de agotamiento y tristeza. Suspiró profundamente, miró fijamente a Silvia y le explicó con suavidad:
—Hago todo lo que puedo por mi cuenta, pero hay cosas que solo se pueden compensar dándoles estabilidad a ella y a los niños. Le entregué la Villa Luna Blanca para asegurarme de que vivan bien. No es una moneda de cambio ni un chantaje para obligarla a volver.
Silvia se quedó callada. Permaneció sentada, con la mirada perdida, hundida en sus propios pensamientos.
Tras un largo silencio, Valerio pareció tomar una decisión definitiva. Dio media vuelta y caminó lentamente hacia su madre.
Se puso de rodillas frente a ella. Sus ojos reflejaban una profunda súplica y esperanza.
Le tomó las manos con delicadeza y murmuró suavemente:
—Mamá, te lo suplico.
Silvia, desconcertada por el inesperado arrodillamiento de su hijo, lo miró con total extrañeza.
Sin apartar los ojos del rostro de su madre, Valerio respiró hondo, como reuniendo todo su valor, y soltó:
—Mamá, ayúdame a recuperar a Erika.

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