Erika no alcanzó a decir ni una palabra; ambos le repitieron que no se moviera de ahí y salieron corriendo hacia la entrada del hospital.
Resignada, buscó un lugar limpio en la jardinera y se sentó.
No pasó mucho tiempo antes de que Erika volviera a ponerse de pie, caminando de un lado a otro, bastante distraída.
Sentía una ansiedad insoportable que no la dejaba quedarse quieta.
Rezaba para que las personas que tanto la habían ayudado estuvieran a salvo.
En ese momento, unos gritos desesperados llamaron su atención.
Volteó instintivamente hacia donde provenía el ruido.
Una ambulancia acababa de estacionarse justo frente a la puerta del hospital y varios paramédicos bajaban a toda prisa una camilla.
Erika frunció el ceño. Era otro paciente de emergencia.
Como estaba embarazada, no quería presenciar ese tipo de situaciones.
Intentó apartar la mirada para evitar la angustiosa escena.
Pero justo cuando estaba a punto de voltearse, a través del hueco que dejaban los médicos, reconoció la cara de la persona en la camilla.
Por un segundo, sintió que el corazón se le detenía.
Abrió los ojos de par en par; su cuerpo reaccionó por puro instinto y sus pies empezaron a moverse solos.
No quería acercarse, tampoco quería verlo.
Sin embargo, aun así, terminó avanzando hacia él casi por puro impulso.
Al acercarse a la camilla, trató por todos los medios de mantener la calma, pero era incapaz de apartar la vista de aquel rostro.
—¡¿Valerio?!
Se quedó plantada a corta distancia, exclamando su nombre con voz temblorosa.
Vio cómo Valerio levantaba el brazo con muchísimo esfuerzo, como si le pidiera a los médicos que se detuvieran.
Tenía los ojos inyectados en sangre y no dejaba de mirar a Erika; en su mirada había dolor y otra serie de emociones que ella no supo descifrar.
Las manos de Erika se levantaron solas hasta cubrirse la boca; se quedó paralizada devolviéndole la mirada.
Desde la frente hasta la mandíbula, pasando por las sienes, el rostro de Valerio estaba manchado de sangre seca.



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