—Me los encontré por casualidad. ¡Ven rápido al hospital general, lo más rápido que puedas! Cuando llegues te explico los detalles. Te espero en la entrada principal. No le digas a Eri todavía, ya sabes que no está muy bien de salud, apúrate...
Erika ya no pudo escuchar qué más decía Martina.
Porque en cuanto Adrián escuchó «No le digas a Eri», quitó el altavoz de inmediato.
Erika asimiló las palabras de Martina. Por ese tono tan desesperado, podía percibir la gravedad del asunto.
Eso hizo que Erika se angustiara; las palmas de sus manos empezaron a sudar frío en un instante.
Cuando colgó el teléfono, Adrián se había quedado pálido.
Él, que siempre había sido alguien sereno y que nunca perdía la compostura, ahora parecía un niño asustado.
Con las manos temblorosas, le entregó el celular a Erika y tartamudeó:
—Se... se me quedó el celular en el carro, yo... me adelanto, espérame en la casa.
Al escuchar su voz ronca y temblorosa, a Erika se le encogió el corazón.
Se limpió una lágrima con la yema del dedo y le dijo con suavidad:
—Adrián, tus papás van a estar bien. Te acompaño.
Tras decir eso, Erika se apresuró a añadir:
—Me siento bien, vámonos rápido.
Adrián asintió, totalmente desolado, y caminó con torpeza hacia la puerta.
Al ver su espalda encorvada por la pena, Erika sintió un nudo en la garganta.
Cualquiera que recibiera la noticia de que sus padres habían sufrido un accidente perdería la cabeza de esa manera.
Esa agonía emocional era algo que nadie podía sobrellevar por otro.
Erika intentó calmarse y apuró el paso para alcanzar a Adrián.
Al pensar en los padres de Adrián, sus recuerdos volvieron a la época en que vivía en la casa antigua.
Ellos siempre la habían tratado muchísimo mejor que Penélope y Joaquín.
Erika siempre los había visto como su propia familia.
En aquel entonces, Penélope solía echar a Erika de la casa y dejarla sin comer.
Un sacudón brusco del carro la sacó de sus pensamientos.
—Adrián, bájale un poco a la velocidad. Tus papás van a estar bien —le dijo para intentar consolarlo.
Probablemente fue hasta ese momento que Adrián recordó que Erika también venía en el carro.
Reprimió la angustia que sentía y redujo la velocidad.
Cuando por fin llegaron a la entrada del hospital y encontraron a Martina...
Vieron que su ropa estaba cubierta de manchas de sangre, algunas grandes y otras pequeñas, casi todas ya secas.
Antes de que Erika o Adrián pudieran decir algo, Martina les habló a toda prisa:
—¡Eri! ¿Qué haces tú aquí? ¡El hospital está lleno de bacterias, no puedes entrar! ¡Siéntate a esperarnos aquí cerca, en la jardinera!
Al dirigirse a Erika, había un tono de ligero regaño en su voz.
Apenas terminó la frase, volvió la vista de inmediato hacia Adrián y le dijo con desesperación:
—¡Rápido, Adrián, acompáñame adentro! ¡Te platico en el camino!

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