Erika esbozó una sonrisa amarga.
Sin embargo, la forma en la que miró a Diego fue distante y fría.
Las partes visibles de la piel de Diego, las que no cubría su ropa, también mostraban diversas raspaduras y golpes.
Seguramente ambos habían pasado por algo bastante serio.
Pero, una vez más, eso a ella ya no le concernía.
Erika no preguntó absolutamente nada. De hecho, no emitió palabra.
Simplemente le dio un leve asentimiento a modo de saludo cortés.
Enseguida, dio media vuelta para regresar a la jardinera en la que había estado sentada.
—¡Señorita Milán! —resonó la voz ronca de Diego a sus espaldas.
Ella lo escuchó perfectamente, pero en lugar de detenerse, apuró el paso.
Al ver esto, Diego no lo dudó dos veces: corrió y se le plantó justo enfrente, cerrándole el paso.
Erika levantó lentamente la vista hacia él. Diego estaba sudando a mares.
Con expresión impasible, le aclaró:
—Diego, no me interesa saber absolutamente nada sobre él, y tampoco es asunto mío. No tienes por qué darme ninguna explicación.
Diego agachó la cabeza, afligido, e intentó ordenar sus ideas. Pero, al notar que Erika se daba la vuelta para marcharse otra vez...
Volvió a gritarle hacia su espalda:
—¡Señora! Para todo el mundo, usted sigue siendo la señora Ramírez. ¡Y para el señor Ramírez, aún más!
Erika se detuvo en seco, pero solo por un instante, y luego retomó su camino con determinación.
Esta vez, la desesperación se apoderó de Diego.
Elevó el tono de voz para que pudiera escucharlo desde atrás:
—¡El señor Ramírez está en este estado... por su culpa!
Esa frase impactó de lleno en los oídos de Erika.
Dejó caer los brazos a los costados instintivamente; agarró la orilla de su blusa y la apretó poco a poco con fuerza.
O sea, ¿en cuanto Valerio se fue, quiso encontrar a María a como diera lugar para interrogarla?
Aun si confirmaba que realmente habían estado juntos en la cama, ¿qué sentido tenía a estas alturas?
¿Qué estaba intentando conseguir?
***
Diego evaluó el semblante de Erika durante unos instantes. Trató de calmar el nudo que sentía en la garganta y suspiró:
—Señora, al señor Ramírez... la verdad es que él se preocupa por usted. Tiene que haber algún malentendido entre ustedes...
—¿Un malentendido?
Erika alzó la cara para mirarlo. Su mirada era distante, pero sus palabras salieron claras y firmes:
—¿Ya olvidaste cuando yo estaba acostada en urgencias y fuiste a entregarme el acuerdo de divorcio?
—¿O cuando fui a su oficina y me agarró de la mandíbula, exigiéndome que le pidiera perdón a Lorena?
—¿O te acuerdas de las veces que me insultó sin cansarse? Primero diciéndome que solo me importaba su dinero, después acusándome de haberle sido infiel...

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