Erika esbozó una sonrisa amarga.
Sin embargo, la forma en la que miró a Diego fue distante y fría.
Las partes visibles de la piel de Diego, las que no cubría su ropa, también mostraban diversas raspaduras y golpes.
Seguramente ambos habían pasado por algo bastante serio.
Pero, una vez más, eso a ella ya no le concernía.
Erika no preguntó absolutamente nada. De hecho, no emitió palabra.
Simplemente le dio un leve asentimiento a modo de saludo cortés.
Enseguida, dio media vuelta para regresar a la jardinera en la que había estado sentada.
—¡Señorita Milán! —resonó la voz ronca de Diego a sus espaldas.
Ella lo escuchó perfectamente, pero en lugar de detenerse, apuró el paso.
Al ver esto, Diego no lo dudó dos veces: corrió y se le plantó justo enfrente, cerrándole el paso.
Erika levantó lentamente la vista hacia él. Diego estaba sudando a mares.
Con expresión impasible, le aclaró:
—Diego, no me interesa saber absolutamente nada sobre él, y tampoco es asunto mío. No tienes por qué darme ninguna explicación.
Diego agachó la cabeza, afligido, e intentó ordenar sus ideas. Pero, al notar que Erika se daba la vuelta para marcharse otra vez...
Volvió a gritarle hacia su espalda:
—¡Señora! Para todo el mundo, usted sigue siendo la señora Ramírez. ¡Y para el señor Ramírez, aún más!
Erika se detuvo en seco, pero solo por un instante, y luego retomó su camino con determinación.
Esta vez, la desesperación se apoderó de Diego.
Elevó el tono de voz para que pudiera escucharlo desde atrás:
—¡El señor Ramírez está en este estado... por su culpa!
Esa frase impactó de lleno en los oídos de Erika.
Dejó caer los brazos a los costados instintivamente; agarró la orilla de su blusa y la apretó poco a poco con fuerza.



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