—Papá, ¿me estás escuchando? —Davito sacudió la mano de Abel—. ¡Davito quiere pastel de chocolate!
Abel apartó la vista, miró a Davito hacia abajo y le respondió con voz profunda:
—Apenas se te bajó la fiebre, todavía no puedes comer eso.
Davito se decepcionó un poco e hizo un puchero, quedándose callado.
Abel le alborotó el cabello con suavidad.
—Cuando se te quite por completo la gripa, papá te lo compra.
—¡Bueno! —Davito asintió obediente, sin hacer berrinche, y dándose la vuelta para señalar la vitrina, añadió—: Entonces hoy compramos primero el pastel de fresa que tanto le gusta a mamá, ¿sí?
—De acuerdo —asintió Abel. Luego le pidió a la empleada que le empacara una rebanada de pastel de fresa, sacó su celular y pagó.
Durante todo ese tiempo, no volvió a echar ni un solo vistazo hacia donde estaba Bárbara.
Bárbara permaneció sentada en silencio, mirándolos fijamente sin parpadear.
La forma tan tierna y paciente en que Abel mimaba al niño era, sin duda, la viva imagen de un padre ejemplar.
Si sus propios hijos estuvieran vivos, ¿Abel habría sido así de dulce y paciente con ellos?
Si esto hubiera ocurrido en el pasado, Bárbara habría corrido a confrontarlo de inmediato, pero ahora ya no.
La indiferencia de Abel le había dado la respuesta más clara de todas.
Ese niño llamado Davito acaparaba todo el amor paternal de Abel.
Ya se había olvidado de sus mellizos; tenía una familia nueva, un hijo nuevo, y desde hacía mucho tiempo había dejado de ser el esposo ideal.
Su matrimonio se había podrido, y por más reclamos o peleas que hubiera, ya no tenían ningún sentido.
Sin embargo, al ver a Abel tratar a ese niño con tanto amor y delicadeza, le resultaba imposible no sentir rabia y resentimiento. ¡Le daba un coraje inmenso por sus propios hijos!
¿Con qué derecho podía Abel vivir con la conciencia tan tranquila?
Abel parecía completamente ajeno al odio y la indignación de Bárbara.
Con una mano sostenía el postre, y con la otra llevaba al niño rumbo a la salida de la cafetería.
La figura del hombre se veía alta y elegante desde atrás, mientras que a su lado, Davito caminaba con pasitos alegres. Padre e hijo avanzaron bañados por la luz del sol hacia el Maybach estacionado a la orilla de la calle.



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