Luna llevaba un elegante traje sastre de alta costura que resaltaba su figura esbelta. Su largo cabello castaño claro caía en ondas, y avanzaba con paso firme sobre unos tacones de aguja. Ladeaba ligeramente la cabeza para darle instrucciones a su joven asistente, irradiando por completo el aura de una poderosa ejecutiva.
La Luna de ahora, en definitiva, tenía con qué volver loco a cualquier hombre.
En cuanto Luna terminó de dar indicaciones, volteó y su mirada chocó sorpresivamente con la de Bárbara, que seguía de pie en la entrada.
Se detuvo en seco y frunció ligeramente el ceño.
Nunca imaginó que Bárbara fuera a presentarse en las oficinas, o al menos, no pensó que fuera a actuar con tanta rapidez.
Sin embargo, no tardó en recuperar la compostura.
¡Llevaba cinco años hundida en la depresión tras la pérdida de sus hijos y había dejado botada la empresa! Hacía mucho tiempo que ya no había lugar para Bárbara en Joyería YAH.
Con ese pensamiento en mente, retomó el paso y caminó hacia las puertas.
Al verla acercarse, los dos guardias cambiaron de inmediato su actitud y, mostrando una sonrisa aduladora, la saludaron:
—¡Señorita Milanés!
Luna los miró fijamente.
—¿Qué está pasando aquí?
Uno de los guardias rio de forma incómoda y le explicó:
—Señorita Milanés, lo que pasa es que esta señora quiere entrar al edificio y apenas estamos confirmando su identidad.
Al escuchar eso, Luna no dijo ni una palabra, solo se giró para mirar a Cecilia, su asistente.
Cecilia era su mano derecha, así que captó el mensaje con una sola mirada.
—¿A poco esta señora es del medio? —preguntó Cecilia dando un paso al frente. Escaneó a Bárbara de arriba a abajo con desprecio, sin molestarse en ocultar su tono burlesco—. Señora, esta es una de las empresas joyeras más importantes del país, ¿no se habrá equivocado de lugar?
Bárbara observó a Cecilia con frialdad.
¿De verdad Luna creía que con eso iba a intimidarla?
Bárbara ignoró por completo a Cecilia, miró a Luna a los ojos, y con una sonrisa sarcástica, le advirtió:
—Luna, el perro que muerde la mano de su dueño tiene que atenerse a las consecuencias.
El rostro de Luna se tensó.


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