Bárbara esperó a que Isabella colgara para preguntarle:
—¿Qué pasó?
Isabella bajó el celular y la miró con impotencia.
—Mi amigo dice que su hija tiene fiebre y tuvo que llevarla urgencias. Vamos a tener que dejar la cita para otro día.
—¿Tu amigo ya está casado?
—No, no se casó. La niña es de su primer amor —le contestó Isabella en voz baja, acercándose a ella—. La chava falleció de cáncer y le dejó a la niña encargada antes de morir.
—¿Me estás diciendo que la niña no es hija biológica de Ricardo?
—¡Claro que no!
Al hablar del tema, Isabella no pudo evitar negar con la cabeza y suspirar.
—Ellos terminaron apenas se graduaron. Mi amigo se fue del país y ella se casó. Resulta que le detectaron el cáncer estando embarazada. Como tuvo una niña, la familia del esposo la despreció, y su propia familia no quiso hacerse cargo por miedo a los gastos. A Ricardo le ganó el cariño de antes y le pagó el tratamiento, pero cuando ella murió, como nadie quería a la pobre niña, él la terminó adoptando.
Al escuchar eso, Bárbara se acarició el vientre de forma instintiva.
—La niña fue prematura y nació enfermita, así que es difícil de cuidar —continuó Isabella—. La vi una vez en una cena en casa de mi maestro. Tiene cinco años pero parece de dos o tres de lo flaquita y chiquita que está, aunque va que vuela para ser muy guapa. Y fíjate que ni siquiera se parece a su mamá... Ay, como sea, la niña se enferma a cada rato y los doctores decían que era porque el clima de allá no le sentaba bien. Después de tanto batallar, mi amigo prefirió regresarse para instalarse aquí.
Bárbara realmente lo admiraba por hacer algo así por una hija adoptiva.
Al menos, después de escuchar a Isabella, le quedó claro que Ricardo era un hombre de principios intachables.
Y en cuanto a su capacidad profesional, eso ni siquiera estaba en duda.
Así que decidió que Ricardo sería quien llevaría su demanda de divorcio.

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